Antiguamente, algunos vinateros manchegos tenían un truco infalible para vender vino picado: acompañarlo de un buen trozo de queso curado. El sabor intenso del queso disimulaba los defectos del caldo y el comprador se marchaba convencido de haber hecho un negocio redondo. Hasta que llegaba a casa y descubría que le habían dado gato por liebre… ¡con denominación de origen!
Algo parecido ocurre hoy en política. Cuando el producto no convence, se adorna el escaparate, se sirve una buena ración de propaganda y se procura que nadie examine demasiado la etiqueta.
La ley de nietos, las resoluciones judiciales, las promesas electorales y los enfrentamientos políticos se convierten en ingredientes de una ensalada donde cada cual intenta arrimar el ascua a su sardina. Y mientras tanto, el ciudadano paga la cuenta. Ley que ha sido tumbada por El Tribunal Constitucional, incluido el mismísimo Conde Pumpido por 10 votos a 2.
Por otro lado, se anuncia una huelga general con la vivienda como bandera, mientras el conflicto amenaza con trasladar sus costes a empresas, trabajadores y ciudadanos. Reclamar salarios dignos es legítimo; utilizar las necesidades sociales como munición partidista ya es otra historia.
Y si hablamos de impuestos, convendría poner las cifras sobre la mesa antes de servirlas como argumento, la presión fiscal no se puede medir alegremente sin explicar qué indicador y qué periodo se comparan, pero obvian que ha subido esa presión un 66% desde que está este gobierno.
Porque el problema no es que nos ofrezcan queso. El problema es que pretendan convencernos de que el vino está excelente cuando lleva demasiado tiempo picado.
Y cuidado, ningún Gobierno tiene la exclusiva del engaño, ni la oposición el monopolio de la honradez. El poder, cuando se acostumbra a confundir propaganda con realidad, termina creyéndose sus propias mentiras.
Como advertía Noam Chomsky: «La población general no sabe lo que está sucediendo, y ni siquiera sabe que no lo sabe».
Así que, antes de brindar, examinemos la botella, preguntemos por la cosecha y desconfiemos de quien insiste demasiado en invitarnos.
Porque en política, querido lector, el queso lo ponen ellos… pero la factura siempre acaba llegando a tu casa.
Salva Cerezo