Revolver Roma con Santiago es remover cielo y tierra buscando una solución a un problema complicado. Aunque algunos políticos han perfeccionado la técnica: removerlo todo para que nada se solucione y, de paso, echarle la culpa al adversario.
Se cumplen cincuenta años de Libertad sin ira, aquella canción que acompañó la esperanza de una España capaz de cerrar heridas y mirar hacia delante. Medio siglo después, uno se pregunta qué hemos hecho con aquella ilusión.
Porque la libertad sin ira parece haberse convertido, para algunos, en ira sin libertad: mucha pancarta, demasiado insulto y una preocupante afición a considerar ilegítimo todo resultado democrático que no les dé la razón.
La historia debería servirnos de vacuna, no de combustible. En 1934, una parte de la izquierda española optó por la insurrección frente a la República; hoy, cualquier comparación con aquel episodio exige rigor, porque ni las circunstancias ni los protagonistas son los mismos. Pero hay una lección que no caduca: en democracia se puede perder una votación, unas elecciones o un debate; lo que no se puede es pretender que solo sea legítimo ganar.
Y cuando las calles se convierten en escenarios de enfrentamiento, conviene distinguir entre la protesta legítima, derecho irrenunciable, y la violencia de Blocus, sin ideología alguna, que no se vuelve virtud por llevar una bandera determinada. París, Barcelona o cualquier otra ciudad pueden ser escenario de reivindicaciones justas, de manipulaciones interesadas o de ambas cosas a la vez. Las etiquetas ideológicas no absuelven a nadie.
Mientras tanto, nuestros políticos han descubierto una nueva fórmula para acercarse al pueblo, como ¡bailar en los mítines! Maduro, Trump, Sánchez… De izquierda, de derecha o de cualquier planeta político, todos parecen convencidos de que unos pasos de baile pueden suplir un programa, disimular una contradicción o convertir un mitin en un espectáculo televisivo.
Ya no basta con prometer el paraíso, hay que hacerlo con coreografía. El ciudadano paga la entrada con sus impuestos y, si tiene suerte, además de escuchar promesas, disfruta de un número musical. Pan y circo, versión TikTok.
Y así seguimos, revolviendo Roma con Santiago, la historia con la propaganda, la discrepancia con el odio y la política con el espectáculo. Buscando soluciones donde algunos solo buscan enemigos, mientras los problemas reales —la vivienda, la precariedad, la convivencia y el futuro de nuestros jóvenes— esperan pacientemente a que termine la función.
Quizá convendría recuperar aquella sensatez de la Transición, sin idealizarla ni olvidar sus errores: entender que convivir no significa pensar igual, sino aceptar que nadie posee en exclusiva la verdad ni la patria.
Albert Camus dejó una reflexión que viene al pelo: «Camina a mi lado; simplemente sé mi amigo».
Lástima que algunos dirigentes prefieran caminar por delante para que los sigan, por detrás para que los obedezcan o subidos a un escenario para que los aplaudan.
Porque una democracia sana no necesita ciudadanos que bailen al son del líder, sino políticos capaces de escuchar el son de los ciudadanos. Y si para encontrar esa fórmula hay que revolver Roma con Santiago, que se revuelva.
Pero, por favor, que alguien apague la música y empiece a trabajar.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 27/10/2026

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