Dicen que rectificar es de sabios, pero en política española lo que se lleva es rectificar… tarde, mal y con sospechosa puntería electoral. Porque cuando uno pensaba que el guion ya no podía retorcerse más, aparece el enésimo giro de trama, primero se abre la puerta de par en par con una regularización polémica, y después, como quien recuerda que dejó el grifo abierto, se anuncia una solución milagro para la vivienda. A buenas horas, mangas verdes.
La secuencia es digna de estudio en escuelas de guionistas: se crea una presión adicional sobre el sistema, más demanda de vivienda, más saturación de servicios, y acto seguido se promete una solución exprés, como si los pisos crecieran en macetas y las ciudades fueran de plastilina. Todo muy coherente, muy hilado, muy… oportuno.
Pero la cosa no acaba ahí. Cuando parecía que el listón de la improvisación ya estaba suficientemente alto, surge una idea que roza lo experimental, como extender ciertos beneficios a presos preventivos. Y aquí ya entramos en terreno de ciencia ficción política, donde el voto potencial parece pesar más que la prudencia. Porque claro, ¿quién necesita consenso social o informes técnicos cuando se puede apostar por el efecto sorpresa?
Mientras tanto, los sindicatos policiales levantan la mano, y no precisamente para aplaudir, advirtiendo de riesgos evidentes. Pero en este teatro de decisiones aceleradas, la cautela siempre llega tarde, como los refuerzos en las películas del oeste, cuando el polvo ya se ha asentado y los problemas ya están dentro de casa.
Todo ello envuelto en un discurso de dignidad que, si no fuera por la cita de Aristóteles, podría confundirse con un ejercicio de escapismo retórico. Porque como bien decía el filósofo, la dignidad no consiste en acumular honores, sino en ser digno de ellos. Y ahí es donde el relato empieza a hacer aguas, porque la dignidad política no se mide por anuncios grandilocuentes, sino por la coherencia entre lo que se hace y lo que se promete.
En resumen, una vez más asistimos a ese espectáculo tan nuestro donde las soluciones llegan cuando el problema ya ha echado raíces. Y entonces, con gesto serio y tono solemne, se nos presenta el remedio como si fuera una revelación divina, olvidando que, en realidad, no es más que un parche tardío en una herida que lleva tiempo abierta.
Pero no pasa nada. Siempre nos quedará el titular, el anuncio y la siguiente “medida histórica”. Porque si algo no falta nunca, es la capacidad de sorprender… aunque sea a destiempo.
Salva Cerezo