Hay refranes que envejecen mejor que los políticos. Uno de ellos es ese que dice que «a perro flaco, todo son pulgas». Y si alguien puede dar fe de ello es el sufrido pueblo venezolano, que lleva años demostrando que cuando parece que ya no puede pasar nada peor, siempre aparece una nueva desgracia dispuesta a superar la anterior.
Después de décadas soportando una gestión que ha convertido uno de los países más ricos en recursos naturales en un experto mundial en hacer colas para todo, la naturaleza ha decidido sumarse a la fiesta con dos fuertes seísmos que han dejado fallecidos, heridos y cuantiosos daños materiales. Como si la inflación, la escasez y el éxodo masivo de ciudadanos no fueran suficientes, ahora también toca reconstruir lo poco que quedaba en pie.
La reacción internacional ha sido inmediata. Ayudas, equipos de rescate, material de emergencia y mensajes de solidaridad han comenzado a movilizarse a velocidad de Fórmula 1. España, por supuesto, también ha contribuido al esfuerzo humanitario.
Y aquí es donde muchos ciudadanos han sufrido un pequeño terremoto emocional adicional.
Porque algunos de los medios de rescate que ahora cruzan océanos rumbo a Venezuela son, curiosamente, parecidos a aquellos cuya presencia fue objeto de interminables debates burocráticos durante la DANA de Valencia.
Debe de ser que las emergencias tienen categorías. Unas son de primera división y otras juegan en regional preferente. O quizá existe algún misterioso protocolo según el cual la distancia geográfica acelera la velocidad de respuesta administrativa. Quién sabe.
Mientras tanto, en Madrid, donde los terremotos son exclusivamente políticos, el Parlamento aprobaba una iniciativa reclamando que Pedro Sánchez se sometiera a una moción de confianza y planteando su dimisión.
La escena posterior merecería un Goya a la mejor comedia surrealista. Los diputados socialistas aplaudiéndose a sí mismos con entusiasmo de fin de temporada, mientras el presidente parecía observar la situación con la tranquilidad de quien ha descubierto el secreto de la inmortalidad política.
Y es que Sánchez ha conseguido algo extraordinario: convertir cada crisis en una prueba de resistencia para los ciudadanos y cada votación incómoda en una simple anécdota estadística.
Por si el espectáculo fuera insuficiente, en otro escenario aparecen viejos conocidos del reparto. Zapatero, Ábalos y Koldo, cada uno afinando sus respectivas estrategias jurídicas con la esperanza de que algún tribunal encuentre defectos de forma, indefensiones cósmicas o alineaciones planetarias favorables que permitan convertir los procedimientos en papel reciclable.
Nada nuevo bajo el sol. En España siempre hay recursos para recurrir recursos, expertos para explicar inexplicable y abogados capaces de encontrar una coma mal colocada en un documento de trescientas páginas.
Lo verdaderamente fascinante es comprobar la eficacia con la que se protegen unos a otros. Una red de seguridad tan sólida que haría palidecer de envidia a cualquier trapecista del Circo del Sol.
Y mientras tanto, el ciudadano corriente contempla el espectáculo desde la grada con una pregunta cada vez más insistente.
Si los políticos tienen asesores, abogados, aforamientos, comisiones, gabinetes de comunicación, tribunales amigos y estrategias de supervivencia, ¿quién protege a los votantes?
Porque a estas alturas parece que el único colectivo completamente desamparado es precisamente el que paga la fiesta.
Y así seguimos, viendo cómo al perro flaco le siguen cayendo pulgas, garrapatas y algún que otro elefante encima, mientras los responsables del veterinario se felicitan mutuamente por la excelente gestión de la situación.
Eso sí, siempre con una sonrisa.
Sava Cerezo.

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Última Actualización: 26/06/2026

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