Dicen que la democracia es el gobierno del pueblo… aunque en España parece más bien el gobierno de “mi pueblo”. Porque en esta patria de pícaros refinados y dignos actores de tragicomedia, la amnistía, esa figura jurídica que hasta ayer era inconstitucional, injusta y profundamente inmoral, hoy se sirve en bandeja de plata como el plato estrella del menú presidencial.
Eso sí, no te preocupes, querido ciudadano, porque no se trata de una amnistía cualquiera, es una amnistía a la carta, diseñada por y para el chef del palacio, con ingredientes seleccionados al gusto del comensal principal hecha para el señor fugado, maestro del disimulo y discípulo aventajado de Houdini.
Claro, no nos adelantemos. Antes de las elecciones, esta receta era tóxica, indigesta, y un insulto a los votantes. Pero bastó con perder unos cuantos escaños y necesitar de aliados poco recomendables para que, milagrosamente, se convirtiera en un plato exquisito, digno de Estrella Michelín… o mejor dicho, de Estrella Roja.
Y como todo buen menú de degustación, esta amnistía incluye maridaje institucional. El Tribunal Constitucional, antaño garante de derechos, hoy parece más bien la cocina auxiliar de Moncloa, un equipo de chefs progresistas encargados de recalentar las sobras legales y convertirlas en manjares legítimos. Eso sí, aún hay una espina en el pescado, porque no se puede amnistiar a quien ideó el festín, al maestro de ceremonias del procés, por eso de que lo de malversar sigue sin colar… pero todo se andará.
El presidente, en su infinita clarividencia, ya celebraba el veredicto 24 horas antes de que se dictara. Visionario, profeta, o simplemente guionista de esta tragicomedia institucional. “Yo me lo guiso y yo me lo como”, reza el dicho. Aunque a veces, da la impresión de que también nos lo hace tragar al resto.
Porque no, no se trata de justicia, ni de reconciliación, ni de convivencia. Se trata de silla. De sillón. De poltrona. De seguir sentado, cueste lo que cueste y pese a quien pese. Y si para ello hay que pisotear la igualdad ante la ley, qué más da. La memoria de Montesquieu está muy lejos y su tumba no tiene línea directa con RTVE.
Mientras tanto, el pueblo mira. Algunos con resignación, otros con rabia, y los más con esa mezcla de incredulidad y tristeza que provoca saberse gobernado por ilusionistas de medio pelo. Porque como bien reza un sabio proverbio turco:
“Cuando un payaso entra en un palacio, no se convierte en rey. Pero convierte el palacio en un circo”.
Y ahora, ¿cuál será el próximo número del espectáculo? ¿Quizá amnistiar las cuotas de autónomos? ¿O mejor disolver la patronal y refundarla como «la nueva CEOE democrática», presidida por algún sindicalista redimido y bien colocado? Porque si algo nos ha demostrado este gobierno es que, cuando se trata de perpetuarse, no hay moral, ley ni Constitución que valga.
Lo que nos espera, queridos lectores, no es la paz ni la concordia, sino una gran función continua.
Pasen y vean. Aquí se escribe la historia a brochazos, con tinta invisible para la justicia… y mucho maquillaje para el relato.
¿Salvará este dispendio el tribunal europeo?
Salva Cerezo.