Tras su derrota en las elecciones autonómicas y municipales del pasado mayo y después del maquiavélico adelanto de las elecciones generales por parte de Pedro Sánchez, tanto socialistas como comunistas, sin apenas tiempo de lamerse las heridas, han comenzado a preparar su cita con las urnas cada uno de ellos fieles a su espíritu, lo cual implica algunas semejanzas y múltiples diferencias.

En lo que a semejanzas se refiere podemos observar cómo ambos bloques carecen de un proyecto político sólido e ilusionante para la ciudadanía, añadiéndose a ello una absoluta incapacidad para explicar de manera convincente, en primer lugar, una política de pactos que ha puesto a la nación española en manos de los golpistas catalanes y los filoterroristas vascos y, en segundo lugar, una acción de gobierno caracterizada por un ataque sistemático al Estado de Derecho y al conjunto de principios y valores propios de la civilización occidental.

Como corolario de tal situación, tanto el partido socialista como el entramado comunista han recurrido ya desde el primer momento a la agitación y al enfrentamiento, todo ello convenientemente vehiculizado por medio de sus dogmáticos e insustanciales mantras populistas, los cuales constituyen los ladrillos estructurales de una campaña de propaganda que busca movilizar al electorado mediante la entronización de las emociones y el destierro de la razón, conscientes de que buena parte de la masa social, como destaca Jano García en su obra El Rebaño, es “incapaz de adentrarse más allá de conceptos superficiales y fácilmente asimilables”.

En consecuencia, en los prolegómenos de la campaña electoral vemos como la izquierda insiste, con su habitual falta de escrúpulos, en la criminalización de la derecha y la alerta antifascista, con la vana y pueril intención de atemorizar a una sociedad que en su gran mayoría ya está curada de espantos socialcomunistas y, por ello, se muestra insensible a sus patéticas admoniciones.

En cualquier caso, en este punto resulta conveniente aclarar que el fascismo es un movimiento sociopolítico fundado en Italia por Benito Mussolini después de la Primera Guerra Mundial, a raíz de sus divergencias con el Partido Socialista Italiano en el que militaba.

Por ello, al igual que el socialismo del que procede, el fascismo es una ideología de carácter totalitario y colectivista, proporcionándole su razón de ser un nacionalismo romántico que choca frontalmente con el internacionalismo típicamente socialista.

Por lo tanto, después de su indecente pacto con el independentismo xenófobo catalán y vasco, la izquierda española se ha convertido, no por arte de magia sino por su adicción al poder, en lamentable guardiana de las esencias nacionalsocialistas, razón por la cual toda alusión a una supuesta impregnación fascista de la derecha solo puede ser considerada como una patológica proyección freudiana.

Ya dentro de las filas socialistas, más allá del discurso vejatorio, insolente y arrabalero dirigido contra el centroderecha, P. Sánchez, incapaz de hacer la más mínima autocrítica por la derrota electoral cosechada, ha centrado su estrategia en invocar a la unidad del partido, eso sí, después de haber colocado en los primeros puestos  de las listas electorales en las distintas circunscripciones a personas afines a su persona, con el único objetivo de fortalecer su liderazgo al frente del partido socialista.

Como cabía esperar, dada la reconversión socialista en una secta al servicio del sanchismo, los miembros del Comité Federal del PSOE han ratificado por unanimidad dichas listas, explicitando este ”silencio de los corderos” su servil sumisión al líder supremo.

Cierto es que los barones regionales de Castilla-La Mancha y Aragón, esto es, Emiliano García-Page y Javier Lambán, no acudieron a la reunión, mostrando así sus discrepancias con la cesarista manera de conducirse del psicópata monclovita, aunque su timorata actitud no deja de ser un simple quiero y no puedo, tal y como ha venido sucediendo a lo largo de esta legislatura.

Esta absoluta falta de discurso programático unido a un indiscutible fracaso de sus políticas socioeconómicas ya ha comenzado a hacer estragos en los simpatizantes socialistas, los cuales, incapaces de reconsiderar el sentido de su voto, ya sea por intereses espurios o por deficiencias cognitivas, tan solo alcanzan a aducir en defensa de su posicionamiento que todos los políticos independientemente de su ideología son igualmente nefastos.

Obviamente, semejante conclusión no deja de ser una simplificación obtusa de la realidad, que solo busca enmascarar la verdadera dimensión del problema que para el socialismo español representa el sanchismo, ya que son numerosos los políticos, tanto de derechas como de izquierdas, que con su comportamiento han demostrado un grado de honestidad y un nivel de competencia muy superior al exhibido por P. Sánchez y su inefable cuadrilla de acólitos en busca de prebendas y sinecuras.

En definitiva, el sanchismo, en su enloquecido camino sin retorno a ninguna parte, se muestra incapaz de ofrecer a los españoles otra cosa que no sea degeneración democrática, degradación moral, confrontación social y miseria económica, razón por la cual su éxito en las futuras elecciones solo podría entenderse como el fracaso de una sociedad inmersa en un irreversible proceso de decadencia ética e intelectual.

En relación al conglomerado comunista, parece que definitivamente liderado por Yolanda Díaz, la situación es caótica. Así, bajo el nombre de Sumar se presentan a estas elecciones nada menos que 15 partidos políticos, todos ellos, salvo el propio Sumar, Podemos e Izquierda Unida, de orientación regionalista.

Obviamente, con este fraccionamiento de base establecer un programa político de carácter nacional solo puede dar como resultado un auténtico galimatías, al estar su concepción regida por intereses particularistas y en no pocas ocasiones contrapuestos.

En definitiva, la izquierda comunista con su marcado carácter comarcal demuestra su secular incapacidad para contemplar a España como un todo indivisible, debido básicamente a una concepción territorial propia de un sistema feudal anacrónico y periclitado, que dificulta sobremanera la cooperación interregional y, en consecuencia, el progreso nacional.

No menos problemática para la izquierda comunista resulta la guerra abierta entre Sumar y Podemos, como resultado del veto impuesto por Yolanda Díaz a Irene Montero y Pablo Echenique, con la intención de eliminar del debate electoral la enloquecida agresividad que caracteriza a ambos personajes y menoscabar la insufrible influencia de un sujeto diabólico como Pablo Iglesias, el cual, atrincherado en su canal televisivo, no deja de proclamar, cada vez más cerca del desierto, sus nauseabundas diatribas.

El resultado final de esta barriobajera contienda viene a ratificar que habiendo pretendido asaltar los cielos de la política nacional lo cierto es que Podemos ha fracasado en el intento, descendiendo con armas y bagaje a los infiernos de la irrelevancia más absoluta, lo cual solo puede ser motivo de satisfacción debido al inmenso lastre que para la nación española suponía su existencia.

Con este planteamiento de base, la estrategia seguida por Yolanda Díaz ha sido la de presentarse como la cara amable de la izquierda radical con la intención de acaparar el voto de los numerosos grupúsculos comunistas cada vez más hastiados del grosero personalismo del millonario dúo galapagueño y a la vez sumar para la causa a todas aquellas personas del entorno socialista incapaces de asumir la destructiva deriva sanchista acaecida en el seno del PSOE.

Sin embargo, Yolanda Díaz no puede ser en ningún caso la solución al problema existencial de la izquierda, ya que, más allá de una imagen cuidadosamente ornamentada, adolece no solo de un discurso empalagosamente vacuo fruto de sus evidentes limitaciones intelectuales, sino también de una hereditaria e inquebrantable adhesión al credo comunista, estando por todo ello incapacitada para implementar un proyecto político mínimamente solvente.

Como prueba inequívoca de tal afirmación cabe señalar que Yolanda Díaz no ha criticado ni una sola de las desquiciadas iniciativas legislativas llevadas a cabo por el Gobierno socialcomunista del que ella era vicepresidenta 2ª, demostrando así su absoluta connivencia con la obscena forma de hacer política propia del sanchismo.

En definitiva, nos hallamos en un escenario en el que la izquierda en su conjunto se muestra incapaz de dar una respuesta satisfactoria a los numerosos problemas que como consecuencia de su propia acción de gobierno padecemos los españoles en la actualidad.

Por ello, la próxima cita electoral supone el momento adecuado para dar un giro político copernicano, con la razonable esperanza de que ello constituya el punto de partida de una etapa de progreso.

Rafael García Alonso (ÑTV España)