Vivimos en la era del ruido. Nunca antes la humanidad había tenido tantas plataformas para indignarse, tantas causas que defender, tantas pancartas digitales listas para desplegarse con un simple clic. Y, sin embargo, hay silencios que resultan ensordecedores. Uno de ellos es el que rodea a la persecución de los cristianos en pleno siglo XXI.
Porque sí, aunque suene incómodo en una sociedad que presume de tolerancia selectiva, los cristianos siguen siendo uno de los grupos religiosos más perseguidos del planeta. Pero aquí no hay trending topic, ni filtros de perfil, ni manifestaciones multitudinarias en las capitales europeas. Aquí hay algo peor: indiferencia.
La cristianofobia moderna no siempre se presenta con violencia explícita, aunque en muchos lugares del mundo sí lo haga, con asesinatos, secuestros y atentados. En Occidente, más refinado, el método es otro, la ridiculización constante, la banalización de sus símbolos, la caricaturización del creyente como un vestigio incómodo de un pasado que algunos quieren borrar.
Curiosamente, en una sociedad que ha convertido la ofensa en deporte olímpico, hay creencias que gozan de inmunidad absoluta y otras que parecen barra libre para el escarnio. Y no, no es casualidad. Es una elección cultural.
¿Dónde están las protestas cuando se queman iglesias? ¿Dónde están las marchas cuando comunidades enteras son masacradas por su fe? ¿Dónde están los discursos institucionales cuando un cristiano es asesinado por el simple hecho de serlo? La respuesta es tan incómoda como evidente, simplemente no están.
Tal vez porque el cristianismo, en su versión occidental, se percibe como una tradición mayoritaria, y en esta nueva lógica social, lo mayoritario no merece protección, sino revisión. O tal vez porque señalar ciertos problemas implica incomodar a actores geopolíticos que es mejor no molestar. O quizá, simplemente, porque hemos aprendido a indignarnos según convenga.
Mientras tanto, la cultura actual avanza hacia una paradoja fascinante que se autoproclama diversa, pero tolera cada vez menos la diversidad real de pensamiento; presume de inclusión, pero excluye sin complejos aquello que no encaja en su narrativa dominante.
El problema no es solo la persecución en sí, que ya es grave, sino el silencio cómplice que la rodea. Porque cuando una injusticia no se denuncia, deja de ser un problema ajeno para convertirse en una responsabilidad compartida.
Y así seguimos, en este teatro global donde se aplauden unas causas mientras se ignoran otras, donde la empatía tiene ideología y la indignación, calendario.
Quizá el verdadero síntoma de nuestro tiempo no sea la cristianofobia en sí, sino la capacidad colectiva de mirar hacia otro lado sin que se nos mueva un músculo.
Porque al final, el problema nunca ha sido quién sufre… sino quién merece que nos importe. para convertirse en una responsabilidad compartida.
Y así seguimos, en este teatro global donde se aplauden unas causas mientras se ignoran otras, donde la empatía tiene ideología y la indignación, calendario.
Quizá el verdadero síntoma de nuestro tiempo no sea la cristianofobia en sí, sino la capacidad colectiva de mirar hacia otro lado sin que se nos mueva un músculo.
Porque al final, el problema nunca ha sido quién sufre… sino quién merece que nos importe.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 13/04/2026

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