Hay una nueva filosofía vital que corre como la pólvora entre los jóvenes (y no tan jóvenes) del “yo no ahorro, yo heredo”. El cerdo hucha ha pasado a mejor vida, sustituido por el cerdo inmobiliario del abuelo, la casa del pueblo de la tía o el piso de los padres cuando “toque”.
El ahorro suena a paleolítico financiero, a costumbre de abuelos con boina sin capar, mientras el crédito al consumo se vive como un derecho constitucional no escrito. Total, ¿para qué apretarse el cinturón si el futuro, dicen, viene con herencia incluida?
En paralelo, seguimos con la función de circo político, la izquierda en eterna sesión de espiritismo, invocando nuevos líderes cada dos por tres para “reconectar con la juventud” que, ironías del destino, se ha fugado con su voto a Vox. Se les escapa el electorado como agua entre los dedos, pero la respuesta es siempre la misma, cambiar de cara, no de espejo. Como si el problema fuera el peinado del líder y no el discurso que huele a naftalina ideológica.
Y para rematar la jugada, nuestro presidente decide regalarle a Iker Jiménez el mejor prime time político posible al señalarlo en pleno Congreso. No hay campaña de marketing que supere a un dedo acusador desde el atril. Resultado: “Horizonte” disparado en audiencia y el señalado convertido, por arte de magia parlamentaria, en el nuevo villano favorito del sistema. Ya lo decía mi abuela: «no señales al monstruo si no quieres que la gente vaya a mirarlo de cerca». En tiempos de pantallas, la censura es el mejor community manager.
Mientras tanto, seguimos aplicando el modelo nórdico… pero con servicios de tercer mundo.
Impuestos premium, trenes low cost, vivienda de lujo y salarios de mercadillo. Una especie de IKEA institucional, donde te venden la idea sueca, pero te llega desmontada, sin tornillos y con las instrucciones en arameo. Y luego se preguntan por qué la juventud vive instalada entre la precariedad crónica y el “ya veremos mañana”.
Aquí es donde entra en escena ese librito tan sencillo como demoledor: “¿Quién se ha llevado mi queso?”. La metáfora del laberinto es perfecta para este país, habitaciones que antes estaban llenas de queso hoy están vacías, y aun así seguimos esperando sentados a que el queso vuelva por decreto.
Nos han educado para buscar empleo en habitaciones que ya no existen, para carreras que el mercado ha jubilado antes de que acabes la matrícula. Luego nos sorprende que los jóvenes anden perdidos, cuando el mapa que les dimos es del siglo pasado.
Y ojo, que hay países que sí han sabido leer el laberinto. Turquía, por ejemplo, entendió que su “queso” estaba en el servicio, en el comercio, en la hospitalidad como industria. El Gran Bazar de Estambul no es solo un mercado, es una escuela de adaptación en tiempo real. Vendedores que hablan idiomas, dialectos y son capaces de venderte una alfombra aunque tú solo quieras una botella de agua.
Flexibilidad, cintura y olfato para el cambio. Aquí, en cambio, seguimos formando camareros con inglés de EGB y orientando a los jóvenes hacia oposiciones para un Estado que luego les dice que “no hay plazas”.
Así que sí, dame pan y dime tonto. Dame subvención, dame crédito fácil, dame herencia futura, pero no me pidas que cambie, que me forme, que me adapte al laberinto. Y mientras tanto, que los políticos sigan jugando a salvar la patria con discursos huecos, que al final el queso siempre se lo lleva otro… y luego nos preguntamos quién apagó la luz del futuro.
Salva Cerezo