Gabriel Rufián e Irene Montero han tardado en descubrir que su base electoral les está poniendo los cuernos.
Las encuestas reflejan el hastío de sus votantes que no les ven como representantes de la izquierda porque en pocos años han pasado de ser unos gualtrapas a convertirse en unos privilegiados gracias al chollo de la política, que es el truco más eficaz para pasar de indocumentado a diputado.
El problema electoral de la izquierda está en la inestable credibilidad que inspira a sus tradicionales votantes que ven cómo prosperan sus dirigentes mientras ellos siguen cantando “ arriba pobres de la tierra, en pié famélica legion”.
Los únicos votantes fieles de la izquierda son los viejos y los colocados en cargos públicos que han acreditado lealtad a la secta.
Los sindicatos de izquierda no han convocado ni una sola huelga contra el gobierno, que algo tiene que ver con políticas de creación de empleo y la subida de los impuestos que diezman la economía de los contribuyentes, mientras aumentan en miles los puestos de asesores y cargos públicos, sin exigirles cualificación profesional o académica.
Se equivocan porque el perfil de los nuevos electores es cambiante. Los jóvenes han aprendido la lección y están hartos de comprobar que el negocio de la política solo favorece a los políticos.
Los jóvenes han aprendido a pensar por si mismos y desprecian el fanatismo de las ideologías. El sentido crítico de la inteligencia ha derrotado a la estafa. La izquierda sin principios ha tocado fondo y no puede navegar por un cauce sin agua.
La imagen de Rufián e Irene Montero es un mal chiste para la izquierda que ya no puede volver a estafar a los que dejaron de ser incautos.
Diego Armario