El siete siempre ha tenido algo de mágico: siete plagas de Egipto, siete pecados capitales y siete trompetas del Apocalipsis. Quizá por eso, cuando la indignación nos desborda, terminamos deseándole a alguien los siete males… y alguno de propina.
Pero hay tragedias ante las que hasta la ironía debería quitarse el sombrero.
Una catástrofe ferroviaria con más de sesenta víctimas, si esa cifra se confirma, no es una anécdota, ni una estadística, ni una oportunidad para salvar los muebles políticos.
Es un drama humano que deja familias destrozadas y preguntas que exigen respuestas.
Y ahí comienza lo verdaderamente grave, cuando todavía se están contando las víctimas, ya hay quien parece más preocupado por repartir culpas que por esclarecer los hechos. ¿Casualidad o causalidad?
Si hubo fallos humanos, que se investiguen. Si fallaron los protocolos, que se explique. Si existieron deficiencias de mantenimiento, de inversión o de supervisión, que se depuren las responsabilidades correspondientes. Pero que nadie pretenda convertir a los trabajadores en pararrayos de una responsabilidad que todavía debe demostrarse.
Porque un Gobierno no puede atribuirse todos los méritos cuando las cosas salen bien y declararse espectador inocente cuando salen mal. Gobernar implica asumir responsabilidades, dar explicaciones y comparecer ante los ciudadanos sin esconderse detrás de una comisión, un comunicado o un funcionario al que cargarle el muerto. Y nunca mejor dicho.
Tampoco las huelgas, las protestas ni el ruido político deben servir de cortina para ocultar lo esencial. Cada asunto merece su propia explicación, sus pruebas y su debate. Mezclarlo todo puede ser rentable para quien busca titulares, pero no ayuda a conocer la verdad.
Las víctimas no necesitan propaganda; necesitan justicia. Las familias no necesitan excusas; necesitan respuestas. Y los ciudadanos no necesitan que les señalen a un culpable de urgencia, sino que se investigue hasta el final.
¿Que la indignación popular puede terminar convirtiéndose en una monumental factura política? Naturalmente. La confianza no es un cheque en blanco y la responsabilidad pública no se liquida con un minuto de silencio.
Así que, si alguien quiere desear los siete males, que empiece por desearle siete a la mentira, siete a la opacidad y otros siete a la impunidad. Y que no olvide uno especialmente importante: el de tener que responder ante la justicia si se demuestra que hubo responsabilidades.
Porque el verdadero castigo para quienes gobiernan no debería ser una maldición pronunciada en caliente, sino algo mucho más democrático y efectivo: que la verdad salga a la luz, que cada cual responda por sus actos y que ningún cargo público esté por encima de su responsabilidad.
En una tragedia, las palabras pueden herir; las negligencias, si las hubo, pueden costar vidas. Por eso, antes de desear los siete males, exijamos siete cosas mucho más sensatas: verdad, transparencia, investigación, justicia, reparación, responsabilidad y memoria.
Y que el octavo mal se lo reserve la ciudadanía para cualquier gobernante que, llegado el momento, confunda rendir cuentas con buscar a quién echarle la culpa.
Salva Cerezo