España es ese país donde las borrascas hacen cola como si fueran a por entradas para un concierto.
Ocho seguidas en Andalucía y otra en la recámara, la primavera asomando con vocación de jardín botánico y los alérgicos preparando ya el testamento. Pero tranquilos: el problema no es el clima, es que siempre nos pilla “por sorpresa”. Como la nieve en enero o el calor en agosto. Aquí la imprevisión es patrimonio cultural.
Mientras tanto, los trenes avanzan con la elegancia de una procesión de Semana Santa, despacito y con paradas para el recogimiento. Eso sí, el billete se cobra como si fueras en un cohete de Elon Musk. Alta velocidad de precio, baja velocidad de servicio. La alternativa no es mejor, aviones a precio de riñón y alquileres de coche que incluyen, por lo visto, chófer invisible y combustible de unicornio. Todo muy sostenible… para las cuentas de las empresas, claro.
Y por si el paisaje no era ya suficientemente bucólico, descendemos al puesto 49 en el ranking de corrupción mundial. Pero oye, que nadie se alarme: es “mala suerte del gobierno”. La corrupción aparece sola, como las setas después de la lluvia. Nadie la riega, nadie la cultiva, nadie la mira con cariño desde los despachos. Es un fenómeno meteorológico más: hoy chubascos, mañana comisiones.
Ayer Madrid se llenó de tractores protestando por el acuerdo con Mercosur. El campo, ese viejo conocido al que solo se saluda en campaña electoral, volvió a rugir. Pero tranquilos que, seguro que alguien tomará nota en una libreta… que acabará en el mismo cajón donde duermen los informes incómodos.
En el Congreso, otro discurso soporífero del presidente, detallando la cronología de Adamuz con precisión de notario y alma de anestesista. Mucha fecha, mucho dato, cero responsabilidad. Pedir perdón, ni de broma, aquí se pide comprensión, contexto y, si hace falta, un PowerPoint. El “yo no sabía nada” versión institucional.
Y para rematar la función, Patxi López desacreditando a Felipe González con una frase de bar de madrugada:
“No está bien que Dios critique al puto amo.”
El problema no es la frase, es el síntoma de la política convertida en patio de colegio, donde el que no aplaude es traidor y el que discrepa es hereje. ¿Qué les da Sánchez a los suyos? ¿Bebida energética ideológica? ¿Un manual de frases lapidarias para redes sociales? Misterio de Estado.
Con este panorama, uno entiende que muchos españoles estén cansados, hartos y algo descreídos.
No es mala suerte, es una colección de decisiones, omisiones y discursos huecos que se juntan como se juntan las borrascas, una detrás de otra, hasta que el suelo no absorbe más.
Así que, entre trenes lentos a precio de AVE, corrupción que cae del cielo como granizo, agricultores cabreados, discursos anestésicos y peleas de patio político, uno hace lo único sensato que queda, que es
volver a casa y quedarse con las croquetas de su madre.
Porque al menos ahí, compañero,
no hay corrupción,
no hay Mercosur,
no hay retrasos…
y la única alta velocidad es la que va del plato a la boca.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 12/02/2026

Etiquetado en:

,