Decía José Ortega y Gasset que “Siempre que enseñes, enseña también a dudar de lo que enseñes.”
Pero claro, eso fue antes de que llegaran nuestros políticos actuales, auténticos revolucionarios de la pedagogía del poder, que han modernizado la frase con gran acierto:
“Siempre que enseñes, asegúrate de que nadie dude de ti.”
Porque, seamos sinceros, ¿qué sería de la política sin la fe ciega del ciudadano? La duda es un virus peligroso que puede contagiar a las masas y acabar con años de narrativas cuidadosamente fabricadas. En cambio, una mente crítica podría llegar a la conclusión, ¡Dios nos libre!, de que el líder no tiene ni idea, o peor aún, que el discurso oficial está lleno de contradicciones.
Nuestros representantes lo saben bien, no hay nada más subversivo que un pueblo que piensa por sí mismo. Por eso, han sustituido la educación por la formación de opinión, la historia por relato, y la filosofía por tweet.
Ya no se enseña a pensar, sino a repetir.
No se fomenta el criterio, sino la consigna.
Y el mayor pecado no es la ignorancia, sino la disidencia. Que se lo pregunten al ministro Puente que ha hecho un video enseñándonos como gastar el efectivo que le da el gobierno.
Mientras Ortega soñaba con aulas donde floreciera el espíritu crítico, hoy nos encontramos con parlamentos donde florece el eslogan. Los nuevos maestros del pensamiento son los asesores de comunicación, y su máxima es simple: “Si no puedes convencerlos, confúndelos… pero sonríe.”
La educación política moderna tiene tres niveles:
El Infantil: “Mi partido siempre tiene razón.” El juvenil: “El otro partido es el culpable de todo.” Y el avanzado: “Todos son iguales, pero el mío roba con estilo.”
Y así, generación tras generación, seguimos produciendo ciudadanos perfectamente domesticados que son incapaces de cuestionar, pero expertos en aplaudir.
Si Ortega levantara la cabeza, probablemente escribiría un nuevo ensayo titulado “La rebelión de los borregos”, donde explicaría que el problema no es que la gente no aprenda, sino que aprende exactamente lo que conviene al poder.
Por eso, en esta era de luces LED y sombras intelectuales, conviene recordar que educar no es adoctrinar, y dudar no es traicionar.
Pero claro… eso, hoy, no da votos.
Salva Cerezo