El presidente del Gobierno alardeó ayer, en el seno de la reunión de la Internacional Socialista en Ferraz, de que el PSOE y su Ejecutivo tienen una «ejemplaridad absoluta» ante la corrupción «caiga quien caiga».

No casa esa autocatalogación como modelo ético con el que Sánchez haya limitado, con el concurso de sus socios parlamentarios, las herramientas que el Estado tiene para luchar contra los corruptos.

El hecho de haber eliminado el delito de sedición (una forma de corrupción política) del Código Penal o la rebaja del de malversación suponen un ejemplo de todo lo contrario.

Y lo peor es que esas modificaciones que limitan la capacidad de respuesta del Estado ante fenómenos corruptos se hizo a conveniencia de sus socios y de él mismo, pues son aquéllos los que garantizan su estancia de La Moncloa.

Europa está mucho más pendiente de esta relajación de la contundencia frente a la corrupción que de los pomposos golpes de pecho que Sánchez pueda darse como líder de un partido que tiene a dos presidentes (Griñán y Chaves) condenados por corrupción.

En eso, en toda Europa no hay quien iguale al PSOE.

ABC