Dos mil mujeres en Andalucía quedaron atrapadas en el limbo de unos diagnósticos de cáncer de mama posible que no llegaron a tiempo. Algunas, desgraciadamente, ya han desarrollado la enfermedad. Y el presidente andaluz, con gesto solemne, salió a escena y pidió perdón. Un detalle que, en los tiempos que corren, casi parece un acto revolucionario.
Pero vayamos a lo esencial, pedir perdón está muy bien… siempre que no implique consecuencias.
Porque claro, reconocer un error y asumir la responsabilidad con una dimisión sería demasiado siglo XX. Hoy lo moderno es pedir disculpas, mirar con cara compungida a cámara y seguir al día siguiente en el sillón, como si nada.
Total, ¿qué más da que alguien no hiciera su trabajo? Al fin y al cabo, los sueldos públicos se cobran igual, con diagnósticos a tiempo o sin ellos. Y si alguien sugiere que la dimisión debería formar parte del manual de instrucciones del cargo, se le tacha de ingenuo o de no estar al día en el nuevo diccionario político, donde responsabilidad es una palabra en desuso, casi tan anticuada como un fax.
El problema, claro, es que esta moda no distingue de colores ni siglas desde Moncloa hasta San Telmo, pasando por cualquier despacho con moqueta, la máxima es la misma, el poder se hereda, se blinda y se disfruta. Lo de responder por errores, mejor lo dejamos para otro siglo.
Así que sí, señor presidente, se agradece el perdón. Pero sin dimisiones, la sensación es la de siempre, que al final las víctimas son las de la enfermedad, mientras los políticos siguen vacunados contra lo que de verdad debería asustarles, o sea, la vergüenza.
Salva Cerezo