España siempre ha sido un país de artistas. Tenemos Velázquez, Picasso, Rosalía… y ahora un nuevo género digno de museo, el cambalache político. En el último capítulo de esta tragicomedia, Salvador Illa se sienta con Puigdemont en un tête-à-tête digno de Netflix, mientras de fondo suena el eco de 88.000 millones de euros de deuda condonada. Eso sí, no se preocupe, lo pagaremos todos los españoles. Es un plan redondo, como aquel amigo que invita a la ronda de copas con la tarjeta de crédito… del vecino.
Lo mejor de todo es que se abre un precedente maravilloso: «gasta lo que quieras, que luego ya lo pagamos entre todos». Una filosofía que arrasaría en cualquier reunión de comunidad de vecinos.
Imaginen al presidente diciendo: «Tranquilos, vecinos, que la derrama del ascensor la paga el del quinto». Un modelo económico innovador, sin duda.
Mientras tanto, los damnificados de incendios, inundaciones y catástrofes varias siguen esperando las ayudas que nunca llegan. Claro, quizá es que no saben organizar un referéndum ilegal para que les hagan caso. Error de estrategia, señores: en política, el drama televisado vale más que la casa ardiendo.
Y hablando de televisión, el presidente concedió una entrevista en TVE que, con toda probabilidad, fue vista por los mismos que todavía ven Cine de Barrio. Tanto es así que hasta Bertín Osborne, en El Hormiguero, arrasó en audiencia. Imaginen el panorama, mientras Sánchez explicaba cómo España está avanzando a la velocidad de la luz (directo al precipicio), la gente prefería ver a Bertín contando anécdotas rancheras. Es lo que tiene la credibilidad que se mide en audímetros.
En definitiva, seguimos en el triángulo imposible de siempre, políticos jugando al Monopoly con dinero público, independentistas sonriendo como quien ha pillado premio en la tómbola, y los ciudadanos mirando desde la barrera, pagando la entrada y la fiesta.
Salva Cerezo