Hay una grieta en la arquitectura moral de nuestra sociedad. Bueno… una grieta no, un socavón del tamaño de un campo de fútbol. Y no es que se haya abierto de repente, no. Esto viene de años y años de parcheo con discursos grandilocuentes, promesas recicladas y la sustitución de ética por marketing político.
Porque, seamos claros: los gobiernos no están para gastar, están para invertir. Pero nuestros políticos parecen no haberlo entendido. Ellos piensan que el presupuesto público es como un fondo buitre con carta blanca, compran acciones de empresas privadas con tu dinero y el mío, y luego se van de cañas para celebrarlo. ¿Invertir en educación, en sanidad, en ciencia? Bah, eso no da trending topic ni comisiones. Mejor jugar a ser Warren Buffett versión low cost, pero con la cartera ajena.
Lo más curioso es que se les llena la boca hablando de “democracia” mientras convierten los partidos políticos en verdaderas granjas de clientelismo, donde la meritocracia brilla por su ausencia. Allí no asciende el que sabe, sino el que aplaude más fuerte al líder supremo. Si además es experto en hacerse fotos de perfil con frases motivacionales y emojis, ya tiene asegurado un escaño y un cargo en alguna consejería sin necesidad de saber qué demonios hace esa consejería.
¿Y nosotros? Pues nosotros seguimos tragando. En las próximas elecciones deberíamos exigir algo tan básico como revolucionario, que los líderes presenten planes de gobierno serios y la lista de personas que ocuparán cada cartera ministerial. Nada de sorpresas. Nada de colocar a tu primo el del bar como ministro de Energía porque “es un gran relaciones públicas”. Queremos saber quién será el ministro de Hacienda antes de votar, no después de que se nos escape el café viendo el BOE.
Y luego está Europa… Ah, Europa, ese continente que se sueña unido pero cuya ciudadanía aún no se reconoce en el espejo común. Porque seamos francos, no hay identidad europea. Lo que hay son alemanes, franceses, españoles, italianos… cada uno con su bandera, sus prejuicios y su “lo mío primero”. Sin ciudadanos con conciencia europea, todo proyecto común se convierte en un Frankenstein burocrático donde cada país tira para su lado y los burócratas de Bruselas hacen malabares para parecer que hacen algo.
Pero no desesperes. Quizá el verdadero fallo de la arquitectura moral no está solo en los gobiernos, sino también en nosotros, los ciudadanos, por conformarnos con migajas y aplaudir a mediocres como si fueran visionarios. Tal vez el día que exijamos ética y competencia, la casta apesebrada empiece a temblar.
Mientras tanto, seguirán jugando con nuestro dinero… y nosotros, pagando la ronda.
Salva Cerezo