España es un país con tradiciones como los toros, la siesta, el café en vaso de tubo… y la incoherencia política como deporte nacional. Pedro Sánchez, por ejemplo, parece haber elevado este arte a disciplina olímpica. Allá por 2004, cuando era un joven concejal con ambiciones infinitas, levantaba la bandera de la moralidad con un programa contra la prostitución. Una cruzada heroica contra la explotación sexual, con Pedro Zerolo como estandarte del progresismo.
Pero, siempre hay un pero, mientras Sánchez recitaba discursos en el atril, su señora esposa llevaba las cuentas en locales donde el lema no era precisamente “Ni una mujer más explotada”, sino algo más parecido a “pásenlo bien, pero con factura en regla”. Porque claro, hasta el placer necesita contabilidad, albaranes y pagos a proveedores.
La escena es digna de una tragicomedia española: el futuro presidente luchando contra la prostitución en los plenos municipales mientras en casa se repasaban los balances de saunas y clubs de alterne. Uno encendiendo velas en nombre de la ética, y la otra encendiendo la calculadora en nombre del Excel.
El relato tiene moraleja: en política no importa tanto lo que hagas, sino lo que aparentes. Sánchez podía posar con rostro severo diciendo “la explotación es inaceptable” mientras en el hogar común la explotación daba dividendos. Como quien prohíbe el azúcar a los vecinos y a escondidas desayuna churros con chocolate.
Lo más irónico es que, al final, quizá esto sea la verdadera igualdad de género, él en el púlpito, ella en la contabilidad. Dos caras de la misma moneda, perfectamente sincronizados en ese vals ibérico donde la hipocresía siempre marca el compás.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 09/09/2025

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