Hoy, por un día, aparquemos el circo político y dediquemos unas líneas a quienes realmente sostienen este tinglado llamado sociedad, esas personas que, aún habiéndolo perdido todo, todavía encuentran fuerzas para tender la mano a otro.
Héroes anónimos que no salen en la foto, que no inauguran nada con tijeras de oro, ni firman decretos con letra ilegible. Gente que, en lugar de discursos, ofrece mantas; en lugar de promesas, un plato de comida caliente.
Mientras los que viven de “divide y vencerás” calculan encuestas y reparten migajas con condiciones, hay quienes practican la solidaridad sin presupuesto, sin asesores y, lo más grave para los expertos en marketing, ¡sin cámaras delante! Un desastre comunicativo, dirán los spin doctors, porque ¿de qué sirve ayudar si no hay selfie?
El pueblo salva al pueblo. Una frase que parece sacada de un panfleto revolucionario, pero que en realidad es el pan de cada día en barrios, pueblos y ciudades donde la gente corriente sigue demostrando que, sin siglas ni consignas, la humanidad todavía existe. No necesitan ministerios de la bondad, ni comisiones de expertos en empatía: actúan porque sí, porque hay que hacerlo.
Una lección incómoda para quienes nos gobiernan, la solidaridad real no entiende de banderas ni de campañas electorales. Quizá por eso molesta tanto. Mientras ellos levantan muros invisibles para dividirnos, los que nada tienen construyen puentes de carne y hueso.
Así que hoy, con toda la ironía del mundo, celebremos a esos locos que arruinan el negocio del egoísmo. Esos que no esperan subvención ni titular, porque saben que cuando todo falla, siempre queda la certeza de que el pueblo salva al pueblo… y los demás, que sigan con sus reuniones eternas para ver cómo nos salvan desde arriba.
Salva Cerezo