Dicen que las comparaciones son odiosas. Y seguramente lo sean… sobre todo cuando dejan en evidencia a quien no quiere ser comparado.
Porque mientras medio mundo mira con preocupación lo que ocurre en el Golfo Pérsico y el precio de los combustibles empieza a subir como la espuma de una cerveza mal tirada, algunos países europeos han tenido la extravagante idea de proteger a sus ciudadanos. Una ocurrencia bastante radical, si lo pensamos bien.
Portugal, por ejemplo, ese pequeño vecino al que solemos mirar por encima del hombro, ha decidido reducir impuestos sobre los combustibles para que la crisis no recaiga directamente sobre el bolsillo de sus ciudadanos. Una medida extraña, casi revolucionaria aliviando al contribuyente.
En cambio, en España hemos optado por una estrategia mucho más sofisticada, dejar que el precio suba… y que el IVA recaude aún más.
Porque claro, cuando la gasolina sube, también sube el IVA. Y cuando sube el IVA, sube la recaudación. Y cuando sube la recaudación… alguien debe de pensar en algún despacho que todo está funcionando perfectamente.
Mientras tanto, desde los atriles se sigue escuchando el ya clásico “No a la guerra”, un lema tan noble como conveniente. Porque decir “no a la guerra” está muy bien… pero decir “sí a recaudar más gracias a ella” parece que también se ha convertido en una política de Estado.
El ciudadano, por su parte, hace lo que puede, llenar el depósito, pagar la factura y escuchar, con paciencia franciscana, que todo se hace “por su bien”.
Así que sí, las comparaciones son odiosas. Especialmente cuando uno descubre que en otros países los gobiernos intentan amortiguar las crisis… mientras aquí se perfecciona el antiguo arte de ordeñar al contribuyente sin que la vaca se queje demasiado.
Pero tranquilos, que siempre nos quedará el consuelo de los grandes lemas, los discursos solemnes y las ruedas de prensa muy indignadas.
Porque al final, como dice el viejo refrán, el que parte y reparte… se queda con la mejor parte.
Salva Cerezo.