Hoy, con Aragón votando, Zapatero haciendo de telonero internacional de Delcy Rodríguez y Trump jugando al Risk con el mapa del mundo, apetece hacer una pausa para mirar al elefante en la habitación, el autoritarismo.
Ese viejo conocido que cambia de chaqueta ideológica según sople el viento, pero que siempre huele a lo mismo, a puro miedo, a control y a “por tu bien”.
“Dime de qué ideología presumes y te diré qué dictador te gobierna”
El autoritarismo no entiende de izquierdas ni de derechas. Cambia de chaqueta ideológica, pero siempre huele igual, a miedo, control y el clásico “por tu bien”. Es el colesterol malo de la política, aparece en cualquier sistema mal digerido.
En las dictaduras comunistas, el Estado lo decide todo, qué produces, qué consumes y hasta cuánto puedes pensar. Todo se justifica en nombre del pueblo… hasta que el pueblo pregunta demasiado.
La promesa es que el Estado te lo da todo; la realidad, que también te lo quita cuando quiere.
En las dictaduras capitalistas, el mercado existe, pero para unos pocos. El poder reparte riqueza entre amigos y llama “orden” a la represión. Hay libertad para consumir, pero no para disentir. El mensaje es que eres libre… siempre que no molestes al negocio.
Dos modelos, la misma mordaza,
uno se justifica por la igualdad,
el otro por la estabilidad.
En ambos, cuando el ciudadano estorba, sobra.
Cambia el decorado, puño en alto o traje caro, no el resultado, menos libertad y más obediencia.
Mientras tanto, aquí seguimos entretenidos con el teatro político, discutiendo si el malo es de derechas o de izquierdas, mientras el autoritarismo se cuela por la puerta de atrás con sonrisa amable y discurso paternalista.
Moraleja con retranca:
No hay dictaduras buenas, ni con pan ni con créditos.
No hay jaulas cómodas, solo jaulas mejor pintadas.
Y mientras confundamos ideología con abuso de poder, el dictador de turno seguirá cambiando de traje… pero no de costumbres.
Salva cerezo