Dicen que quien mucho abarca, poco aprieta. Y también que hay veces que el cazador acaba cazado. Algo parecido parece haber ocurrido con nuestro inquilino de La Moncloa, experto en convertir cualquier acontecimiento en una sesión fotográfica de autopromoción institucional.
La visita de León XIV prometía ser una oportunidad de oro para revestirse de solemnidad, espiritualidad y, si era posible, algunos puntos extra en las encuestas. El plan parecía sencillo: acercarse al Papa, posar convenientemente y absorber parte de ese prestigio milenario que da la sotana blanca. Lo que nadie esperaba era que el tiro saliera por la culata.
Porque cuando uno pretende arrimarse al sol para brillar más, corre el riesgo de que se le derrita la cera. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido. Mientras algunos preparaban alfombras, protocolos y sonrisas de circunstancias, el Pontífice dejó claro quién es el Jefe del Estado español: el Rey. Una precisión institucional que cayó sobre ciertos despachos como una ducha de agua fría en pleno mes de enero.
Tampoco ayudó demasiado que, en su discurso, el Papa hiciera referencia a la creciente polarización que vive España. Una palabra que en otros tiempos habría pasado desapercibida, pero que hoy suena como una campana en medio de una biblioteca. Porque cuando media nación está enfadada con la otra media, hablar de concordia se convierte casi en una provocación revolucionaria.
Mientras tanto, en otro escenario menos solemne pero bastante más preocupante, continúa el desfile de escándalos que afectan a instituciones que deberían ser intocables. Los ciudadanos contemplan atónitos cómo se suceden informaciones, investigaciones y acusaciones sin que parezca existir una prisa especial por asumir responsabilidades políticas.
Sin embargo, en medio del ruido hay algo que merece reconocimiento. Porque si algo han demostrado numerosos guardias civiles, jueces y algunos periodistas es que todavía existen servidores públicos dispuestos a cumplir con su deber aunque soplen vientos en contra. Cuando las presiones aprietan, cuando las amenazas sobrevuelan y cuando mirar hacia otro lado resulta más cómodo, hay quienes siguen haciendo exactamente lo que juraron hacer.
Y eso, en estos tiempos tan extraños, se ha convertido casi en un acto de heroísmo.
Por eso quizá convenga recordar otro viejo refrán español: «La verdad es hija del tiempo». Puede tardar más o menos, puede abrirse paso entre titulares, tertulias y propaganda, pero termina apareciendo.
Y cuando eso ocurre, suele pasar lo mismo que con los disparos mal calculados: que el tiro acaba saliendo por la culata.
Salva Cerezo