Hay olores que forman parte de nuestra memoria colectiva. El café recién hecho, el pan caliente, la pólvora de las Fallas y, cómo no, la inconfundible fragancia de la chamusquina política cuando alguien empieza a tirar de la manta.
Pasado el Mundial y guardadas las bufandas en el cajón, porque hasta los patriotas necesitan descansar las cuerdas vocales, la actualidad ha decidido recordarnos que España sigue siendo ese maravilloso país donde los capítulos más emocionantes no los escribe Netflix, sino los juzgados.
Y entonces apareció Julio Martínez, Julito para los amigos
Dicen que cuando un supuesto testaferro abre la boca, más de uno empieza a mirar compulsivamente el estado de la cobertura del Falcon por si conviene poner tierra de por medio.
La declaración que apunta al entorno de José Luis Rodríguez Zapatero ha provocado un movimiento sísmico de intensidad ocho en la escala de «aquí no pasa nada». Y ya sabemos que, en política, cuando alguien asegura que no pasa nada, es porque están buscando desesperadamente el extintor.
El asunto de Plus Ultra, aquel rescate que algunos vendieron como una operación estratégica de Estado y que otros compararon con intentar salvar el Titanic con un flotador del chino, vuelve a sobrevolar la actualidad. Y lo hace con la elegancia de un elefante entrando en una cacharrería.
Lo más enternecedor de esta historia es la rapidez con la que han aparecido los defensores de guardia. Es admirable. Ni los Vengadores acudían tan deprisa a una llamada de emergencia.
Basta con que alguien mencione una investigación incómoda para que se active el protocolo habitual: «todo es un bulo», «la ultraderecha», «los jueces», «la máquina del fango» y, si el día se pone especialmente complicado, siempre queda recurrir al comodín de Franco, que para eso lleva cincuenta años siendo el político más activo de España.
Mientras tanto, los ciudadanos observan la escena con una mezcla de incredulidad y resignación. Porque ya hemos aprendido que en nuestro país las mantas son muy selectivas, algunas abrigan durante décadas y otras, cuando empiezan a levantarse, dejan al descubierto un paisaje que haría sonrojar al mismísimo Lazarillo de Tormes.
La situación tiene algo de película de suspense. Cada declaración añade un nuevo personaje, cada sumario incorpora un nuevo capítulo y cada comparecencia pública parece escrita por el mismo guionista que ideó «Cuéntame», solo que con menos nostalgia y más asesores de comunicación.
Y, sin embargo, hay algo que resulta particularmente llamativo: el nerviosismo. Porque cuando el humo empieza a salir por debajo de la puerta, uno puede discutir si es una barbacoa, una paella o una conspiración internacional, pero lo cierto es que el olor sigue siendo el mismo.
Huele a chamusquina.
Y cuando huele a chamusquina en política, la experiencia nos dice que siempre hay alguien corriendo con un cubo de agua… y otro intentando esconder las cerillas.
Salva Cerezo