España tiene esa capacidad casi mágica para que, cuando todo parece ir mal, todavía encontremos la forma de empeorarlo un poquito más. Es una especie de talento nacional que debería estar reconocido por la UNESCO como patrimonio inmaterial.
Esta semana, por ejemplo, hemos tenido un menú informativo digno de un sainete de Valle-Inclán.
Por un lado, la detención del director de Forestalia, que ha caído como una piña en mitad del debate sobre las energías renovables. Ya sabéis, ese sector que iba a salvar el planeta, democratizar la energía y traer prosperidad verde… y que, de vez en cuando, parece traer también algún que otro episodio judicial inesperado. Nada grave, seguro. Solo esas pequeñas incomodidades que surgen cuando el dinero, la política y las concesiones administrativas se encuentran demasiado cerca en la misma mesa.
Pero no os preocupéis, porque mientras tanto la oposición está trabajando sin descanso para ofrecer una alternativa sólida, cohesionada y madura. O al menos eso se suponía.
En plena debilidad parlamentaria del gobierno, cuando cualquiera diría que es el momento perfecto para coordinarse, PP y VOX han decidido practicar ese deporte tan español llamado “a ver quién se enfada más rápido”. Porque, claro, para qué aprovechar una oportunidad política cuando se puede organizar una pequeña competición de reproches.
La estrategia parece clara, si el adversario está débil, lo mejor es pelearse entre los que deberían estar en el mismo lado del ring. Es una táctica innovadora que recuerda mucho a esos equipos de fútbol que, cuando van perdiendo, empiezan a discutir entre ellos en mitad del campo.
Y mientras tanto, como si la tragicomedia nacional necesitara un tercer acto, aparece el asunto de las piezas robadas de ADIF en el accidente de Adamuz.
Sí, has leído bien, piezas desaparecidas.
En un país normal, cuando ocurre un accidente ferroviario, las autoridades custodian el material como si fuera oro, porque de él depende esclarecer las causas y evitar que vuelva a suceder. Aquí, en cambio, parece que algunos componentes han decidido emprender un misterioso viaje sin billete.
Uno ya no sabe si estamos ante un fallo logístico, un despiste monumental o una versión ferroviaria de “el perro se comió los deberes”. Lo cierto es que cuando las piezas desaparecen, también desaparece un poquito la confianza de los ciudadanos.
Pero tranquilos, porque seguro que alguien abrirá una comisión, se redactará un informe muy voluminoso, y dentro de unos meses todo quedará perfectamente aclarado… o perfectamente olvidado.
Que en España, cuando la realidad supera al guion, siempre encontramos la forma de escribir un final digno de nuestra tradición política.
Y es que, viendo el panorama, uno no puede evitar recordar aquel viejo refrán que lo explica todo con precisión quirúrgica:
Unos por otros, la casa sin barrer.
Salva Cerezo