Si alguien pensaba que la política internacional era cosa de diplomacia, discreción y estrategia, es que no ha visto la última función del teatro global protagonizada por nuestro incombustible Pedro Sánchez.
Después de su espantada durante el Día Nacional —quizá para no enfrentarse al incómodo eco de los abucheos patrióticos—, nuestro resiliente presidente emprendió su particular via crucis hacia Egipto, escenario de su último acto de contrición ante el autoproclamado Mesías del nuevo orden mundial, Donald Trump.
Once segundos de genuflexión simbólica bastaron para confirmar lo que ya muchos sospechaban, que la sumisión tiene protocolo y se mide con cronómetro. El gesto, calculado y casi milimétrico, fue lo más parecido a una reverencia sin corona, mientras la mirada glacial del “triunfador americano” recordaba que, en el tablero global, España juega más como peón que como alfil.
Entre tanto, nuestros fieles escuderos de la tragicomedia nacional seguían su guion. El ministro Álvarez, con su sempiterno aire de niño aplicado, intentaba convencer al mundo de que España lidera la paz en Gaza (aunque ni en Ceuta se lo crean). Y el incombustible Tezanos, convertido ya en el Gepetto de las encuestas, seguía tallando sus muñecos de madera con la esperanza de que algún día uno cobre vida y le diga: “Papá, ya soy un dato real”.
El CIS, ese laboratorio del autoengaño institucionalizado, continúa fabricando sueños estadísticos mientras los españoles, con cada factura y cada mentira, pagamos la materia prima. Si eso no es malversación, que venga Montesquieu y lo vea.
Y por si faltaba emoción al guion, las maletas con dinero “B” siguen desfilando como fantasmas en una película de serie B, dispuestas a recordarnos que el socialismo de salón también sabe manejar los bolsos de piel… aunque no siempre declaren su contenido.
Pero tranquilos, el país sigue su curso, los telediarios maquillan, las redes distraen y la ética sigue de baja por depresión. Nadie parece recordar el viejo “Memento mori”, esa advertencia que los romanos susurraban al oído de los triunfadores para recordarles que, pese a las glorias pasajeras, todos somos polvo.
Solo que, en la España actual, el polvo no se barre, sino que se esconde bajo la alfombra del poder.
Salva Cerezo