Mientras un tren vuelve a salirse de la vía, esta vez en Gelida, el Gobierno corre a tranquilizarnos con un «no pasa nada», circulen. Total, ¿qué es un descarrilamiento más en un país donde lo verdaderamente importante no es que los trenes lleguen, sino que las pagas no se descarrilen?
Porque, según los últimos datos, casi tres millones de personas ya viven de un subsidio del Estado.
Tres millones de razones para que el sistema siga exactamente igual. No por eficacia, no por justicia social, no por progreso… sino por pura aritmética electoral. El nuevo contrato social no se firma con derechos y deberes, sino con transferencias mensuales y silencio agradecido.
El tren puede no frenar, las vías pueden estar mal mantenidas, los avisos técnicos pueden ignorarse durante años, como en Gelida, pero la máquina del subsidio funciona como un AVE japonés, puntual, precisa y sin retrasos. Ahí sí hay inversión, planificación y voluntad política.
Mientras tanto, los ministros comparecen con gesto grave y vocabulario hueco. Prometen investigaciones, auditorías y comisiones con su propio personal. Todo muy serio. Todo muy estéril.
Porque en el fondo saben que el ciudadano que protesta es incómodo, pero el ciudadano dependiente es dócil. Y no hay mejor cinturón de seguridad que una paga que llega cada mes.
Eso sí, no os equivoqueis, no se trata de ayudar a quien lo necesita, eso sería digno, sino de cronificar la necesidad, convertir la excepción en norma y la ayuda en cadena. Una sociedad subvencionada es una sociedad inmóvil. No avanza, no exige, no cuestiona. Solo espera.
Así, mientras las costuras sociales se descosen, el Gobierno cose votos con hilo público. Y si el tren vuelve a descarrilar, no pasa nada, porque siempre habrá un subsidio para olvidar el golpe y una rueda de prensa para repartir culpas al pasado, a Europa o al maquinista.
España no se rompe, dicen.
España se desliza lentamente fuera de la vía, pero con billete pagado y aplauso cautivo.
Porque aquí ya no importa hacia dónde va el tren.
Lo único esencial es seguir dentro… y cobrar el viaje. La ciencia debería dejar de estudiar la inteligencia artificial y hacerlo con la estupidez humana.
Salva Cerezo