Dicen que Groucho Marx jamás dijo aquello de “estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros”. Pero si alguna vez lo pensó, fue porque anticipó la llegada de Pedro Sánchez, maestro zen de la flexibilidad moral, campeón olímpico del malabarismo ético y, por lo visto, nuevo aficionado al software de espionaje con aroma oriental.
La última genialidad del Gobierno español, que a estas alturas ya funciona más como serie de Netflix que como institución, es tontear descaradamente con Huawei, esa adorable empresa china que, según todos los servicios de inteligencia occidentales, tiene más conexiones con el régimen de Pekín que una caja negra con la torre de control. Total, ¿qué podría salir mal si los sistemas del CNI dependen de una compañía que, por ley, debe colaborar con el Partido Comunista Chino?
Y para rematar la comedia de enredos geoestratégicos, aparecen dos viejos conocidos del sainete nacional: José Luis Rodríguez Zapatero y Pepiño Blanco, quienes, en vez de dedicarse a plantar geranios o a escribir memorias que nadie leerá, han decidido reconvertirse en embajadores honorarios del dragón asiático. Una mezcla explosiva de diplomacia low cost y karaoke geopolítico. Xi Jinping debe estar brindando con baijiu.
Mientras tanto, nuestros aliados de la OTAN, esos con los que supuestamente compartimos defensa, valores y gin tonics en las cumbres, empiezan a mirar a España como quien observa al cuñado que mete el Wi-Fi del vecino en su currículum. Estados Unidos, por si acaso, ya ha empezado a confiar más en Marruecos, donde al menos saben a quién sirven, aunque sea con especias. Aquí, entre Huawei y el Falcon, ya ni el GPS sabe a qué bando apuntamos.
¿Y todo esto por qué? Porque Pedro, ese Groucho marxista sin bigote, tiene principios, sí, pero intercambiables por packs de cinco. Hoy defiende la soberanía tecnológica, mañana baila un tango con los intereses de Pekín, y pasado mañana se hace fotos en formato «estoy muy preocupado» mientras Washington nos borra del grupo de WhatsApp de confianza.
España, nación soberana, orgullosa y ahora aparentemente hackeable, se debate entre la risa floja y el miedo cerval. Pero tranquilos: el presidente nos dirá en su próxima comparecencia (desde Lanzarote, con vistas al atardecer y gafas de influencer) que todo está bajo control. Lo que no dirá es de quién.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 05/08/2025

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