La historia tiene una curiosa manía, cambia los nombres, moderniza los escenarios… pero repite el guion. Roma ya lo sabía, aunque no lo llamaba geopolítica, sino negocio. Marco Licinio Craso, uno de los hombres más ricos de la República romana, descubrió pronto que el miedo ajeno podía ser una excelente inversión. Mientras otros conquistaban con espadas, él lo hacía con incendios, deudas y oportunismo. Hoy, dos mil años después, el eco resuena entre Washington y Teherán.
Craso no apagaba fuegos, los esperaba. Compraba casas a precio de ceniza y luego, con una sonrisa de patricio satisfecho, reconstruía sobre las ruinas. El caos era su aliado, y la inseguridad, su mejor comercial. No necesitaba provocar el incendio; bastaba con que existiera. Algo muy parecido ocurre cuando Irán se convierte en amenaza permanente y Trump —como viejo cónsul del marketing político, agita el avispero con discursos inflamables y sanciones quirúrgicas.
Porque la amenaza, bien dosificada, renta. No necesariamente para quien la sufre, sino para quien la administra. Craso amasó su fortuna gracias al miedo urbano; Trump capitalizó el miedo global. Irán no es solo un país, es un comodín. Un villano recurrente que justifica presupuestos militares, ventas de armas, control energético y titulares con olor a pólvora… pero sin necesidad de disparar.
En Roma, Craso necesitaba incendios para seguir comprando barato. En el siglo XXI, basta con mantener la tensión al rojo vivo sin que estalle del todo. La guerra abierta es cara, imprevisible y políticamente incómoda; la amenaza constante es mucho más rentable. Craso nunca quiso apagar el fuego definitivamente. Trump nunca pareció interesado en resolver el conflicto de fondo.
Ambos entendieron algo esencial, que el miedo no busca soluciones, busca protección… y la protección se paga.
Eso sí, Craso acabó mal. Su ambición lo llevó a una guerra innecesaria contra Partia, donde murió humillado, según la leyenda, con oro fundido en la boca. Una metáfora perfecta, cuando conviertes el poder y la amenaza en negocio, tarde o temprano acabas ahogado por tu propia codicia.
Irán sigue ahí, Trump ya no estará en la Casa Blanca, pero el modelo permanecerá intacto.
Cambian los protagonistas, no el sistema. Roma cayó, Estados Unidos no caerá mañana… pero la lección sigue vigente,
cuando la política se parece demasiado a un negocio, alguien siempre está incendiando algo, aunque finja traer el extintor.
La historia no se repite, se recicla. Y el miedo sigue siendo la materia prima más rentable.
Salva Cerezo