La caza de brujas que se ha desatado estos días contra Julio Iglesias tras la denuncia de dos exempleadas por agresión sexual, a través de Women’s Like Worldwide, la ONG financiada por el magnate y filántropo húngaro-estadounidense George Soros viene a ratificar, una vez más, el cambio de paradigma, o sea, la presunción de veracidad de la mujer, invirtiendo la carga de la prueba.
Dicho de otro modo: Todo hombre es culpable mientras no se demuestre lo contrario.
Como si ciertas mujeres, tras muchos siglos de imposición social, buscasen una suerte de movimiento pendular ajustando así cuentas con la Historia a través de chivos expiatorios.
Al linchamiento de Julio Iglesias, a fin de mostrarlo como un sátiro, se ha sumado el Gobierno, un coro de voces y las redes sociales, subiendo aviesamente imágenes donde vemos al cantante flirtear con Thalía, Susana Jiménez o Verónica Castro, y alguna groupie a la que da un beso robado, mientras ellas, dicho sea de paso, no le hacen ascos.
No es extraño que esos vídeos del pasado nos ‘chirríen’ porque la sociedad evoluciona a ritmo de vértigo y mudan los estándares morales.
Desde el ‘pico’ de Rubiales a Jenni Hermoso, en el que muchos de nosotros no vimos nada libidinoso  -solo la conducta de un patán-, todo ha cambiado.
Tal vez porque ese burdo ósculo repetido por televisión hasta el hartazgo está grabado en nuestro inconsciente colectivo.
Lo hemos interiorizado.
Como le pasa a Malcolm McDowell en La Naranja Mecánica, a quien aplican el Método Ludovico, la terapia para que sienta aversión a la violencia -privándole del libre albedrío- al visionar con los párpados sujetos por unas pinzas metálicas, reyertas y asesinatos, mientras suena la Novena sinfonía de su amado Ludwig van Beethoven a todo trapo.
Ahora resulta que la Fiscalía de la Audiencia Nacional ha archivado la denuncia contra Julio Iglesias por no tener competencia sobre el asunto.
Un alivio para el cantante.
Aunque al no tratarse de cosa juzgada, quizá se reabra el caso en Bahamas o República Dominicana.
Permaneceremos atentos a la pantalla.
De cualquier forma, el daño reputacional y el estigma social, es irreparable.
Como en la novela de Nathaniel Hawthorne, ambientada en la Nueva lnglaterra puritana y pacata del siglo XVll, Julio Iglesias ya lleva bordada en el pecho la letra escarlata.
¿Y ahora qué?
Miguel Espinosa Garcia de Oteyza (ÑTV España)

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Política,

Última Actualización: 28/01/2026

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