Hay sagas familiares que construyen imperios; otras que construyen… expedientes judiciales. Y luego está la Banda del Peugeot, ese grupo castizo que parece salido de una tragicomedia española, donde sólo falta que aparezca Berlanga para dirigir la escena final.
La historia avanza con la precisión de un reloj suizo, uno cae, otro canta, otro señala, y así sucesivamente, como si estuvieran haciendo la coreografía de “La Macarena”, pero versión UCO.
Cada día amanece con un personaje nuevo que se suma a la trama, y cada personaje trae consigo un olor más denso que el del sobaco de un peregrino en agosto.
Lo nunca visto, familiares implicados, porque donde come uno, comen todos, y ahora el remate: el famoso informe de la UCO sobre el matrimonio “austero” del pueblo Milagro formado por Santos Cerdán y Paqui, la mujer más discreta del planeta… si ese planeta es Júpiter. La pobre Paqui, que pasaba por El Corte Inglés con la misma frecuencia que un jeque árabe pasea por el Dubai Mall. Eso sí es un milagro, todo muy austero, muy de clase obrera, muy de “yo por el pueblo, lo que haga falta”.
Porque lo que está quedando claro es que hay una capacidad casi sobrenatural en esta gente para vivir sin haber pegado un palo al agua. Son como plantas de interior que viven, crecen, prosperan… sin ver la luz del trabajo jamás. Y además les falla algo esencial como es: ¡la discreción! No saben disimular ni un euro. Les das dinero y lo gastan como si compitieran por aparecer en Mujeres y Hombres y Betunes.
Y, mientras tanto, cuentan por ahí que la estrategia de la izquierda es de una sutileza financiera digna de Wall Street:
“Roba 500 euros a un trabajador, repártelo entre cinco vividores sin oficio ni ganas. Perderás un voto, pero ganarás cinco.”
Un sistema económico basado en la redistribución… pero sólo entre los suyos. Marx estaría orgulloso, pero Engels ya estaría pidiendo la factura detallada.
Mientras la trama avanza, el Peugeot sigue aparcado, esperando a ver quién será el siguiente en bajarse del coche en comisaría. Y es que, al final, esta historia no va de coches. Va de un país donde algunos han convertido la picaresca en una forma de vida, y la vida pública en un cajero automático sin límite diario.
Salva Cerezo