En los restaurantes de la política, Pedro Sánchez es el chef estrella. No porque sus platos sean buenos, sino porque nunca se levanta de la mesa. Su carta es sencilla con promesas a la plancha, discursos al horno y una guarnición de fieles rehogados en ambición.
El problema, claro, es que muchos de sus compañeros de cocina no sabrían ni freír un huevo fuera del Congreso. Si se apaga el fuego del poder, se quedan con el del mechero. Y eso los hace peligrosos: un político sin cargo es como un camarero sin bandeja… no sabe dónde poner las manos. Tampoco veo a Sánchez volviendo a jugar a baloncesto o con chaqueta, corbata y pantalones de pitillo, llevando las saunas de su suegro.
Antiguamente, cuando un político colgaba la chaqueta, volvía a su profesión. Hoy, si cuelgan algo, es al adversario. No hay vocación, solo ubicación. Y así, mientras los ciudadanos intentan sobrevivir a la inflación, ellos inflan las nóminas de sus amigos para que apoyen o hagan resistencia.
Sánchez, que de tonto tiene lo justo, ya ha tomado nota, su plan es dejar colocada a toda la plantilla antes de que cierren el restaurante.
En Madrid, López servirá de maître. En Aragón, Alegría ejercerá como pastelera de promesas. En Andalucía, Montero llevará la caja.
Y en Valencia, Morant pondrá la sonrisa y el toque floral al postre.
Así, cuando el hipotético gobierno PP-VOX se atragante con su propio menú, tras incendiar las calles con manifestaciones en contra de la ultraderecha, asi el chef Sánchez podrá regresar triunfal a su cocina de Moncloa, entre el aplauso de los comensales reeducados y los gritos del personal de sala coreando: “¡Otra ronda de reformas!”
Porque aquí nadie dimite. En España, el poder no se abandona: se reserva mesa para volver. Y mientras tanto, los ciudadanos seguimos pagando la cuenta… con propina incluida.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 09/11/2025

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