No se conoce quién se inventó la expresión “el mundo de la cultura” pero debio ser un pretencioso con ínfulas de grandeza y un complejo oculto porque la cultura es un espacio heterogéneo en el que caben muchas disciplinas y no se reduce al ámbito de la farándula, los titiriteros , los escritores y el arte en general, porque como dice Abraham Gómez, uno de los pensadores más lúcidos del momento actual que hace filosofía con un humor inteligente:
“España está llena de artistas que no saben que lo son. Ciudadanos como un buen cirujano o un excelente cocinero que hacen bien su trabajo” , y añade, more or less, que “los artistas no son de izquierda como tampoco lo es la cultura ni el progreso que no pertenece a ninguna ideología sino a los seres humanos que crean ese bienestar”.
La cultura no se rige por las ideologías porque no existe nada más libre y no condicionado que la creación individual de un hombre o una mujer frente a la nada de un pensamiento, y cualquier ser humano que transforma una idea en una obra de arte es un intelectual, aunque no tenga estudios académicos.
Esta reflexión me lleva a proclamar que la cultura y las ideologías son incompatibles porque cuando la política convierte en oficial un pensamientocrativo, deja de ser libre.
Pero no todos están sindicados porque cuando un artista como Albert Boadella – que ha mostrado su desprecio intelectual por los llamados actores de la ceja- está bajo la sospecha de comportarse como un fascista según gente de su gremio, a pesar de que fue juzgado y condenado en el año 1973 por un presunto delito de injurias al Ejército español, es que ha sido cancelado.
Algo muy diferente sucede con los héroes del régimen que jamás corrieron ningún riesgo y trabajaron durante la dictadura sin que nadie les molestara como Pedro Almodovar, Ana Belén, la familia Bardem y otros del gremio que jamás han tenido un solo problema ni si quiera cuando cantaban en tiempos del extinto.
Diego Armario