La semana pasada hubo un animado intercambio dialéctico entre Abascal y Sánchez en el Congreso. Las réplicas y contrarréplicas adquieren entre ellos una intensidad tenística.
Sánchez aludió al tantas veces mencionado «chiringuito» del PP en el que Abascal habría morado antes de Vox, un argumento recurrente que comenzó a escucharse hace años en la esfera no precisamente workahólica de los medios afines y afinados al PP.
Huyendo del ego, la contestación («Desde la cama, al parecer, he creado el tercer partido de España») respondía solo en parte.
Unos y otros han pretendido extender la idea de un Abascal a la vez radical y abúlico.
Cuando Abascal deja el partido, el PP era una de las máquinas de colocación más importantes de Europa; se va a la calle, monta Vox y en 2015 ya habla de globalización; Vox crece, resiste y se estabiliza hasta entrar ahora en una fase nueva de desarrollo de sus cuadros (un Quero sustituyendo a un Ortega) y Abascal preside Patriotas, la voz política alternativa del continente, con relación directa y en algunos casos amistad personal con líderes mundiales como Orban, Le Pen, Milei o Meloni.
Con todo, que no es poco, estaríamos olvidando lo más importante: su inicio en Amurrio y Llodio, contra ETA, leal al padre y a España. Lealtades con las que aquí, en 2025, Abascal se queda solo.
Esto se fue sustituyendo en la biografía que le despachaban PP y PSOE por lo del «chiringuito político» de la Comunidad de Madrid, hasta el punto de llegar a olvidarse ellos mismos de lo que tienen delante, pues difícilmente se puede entender a Abascal, su firmeza ante ciertos desafíos, si se olvida la que mostró entonces. Es un gallego forjado en la fragua vasca. La llevan clara.
Especialmente grave es que muchos jóvenes, los Z, ignoren esto o lo tengan por batallita boomer. La trayectoria política de Abascal nace heroicamente contra ETA; se aleja del PP cuando el PP se traiciona a sí mismo; se presenta a España como alternativa en el fracaso constitucionalista del golpe catalán y conecta con el momento político mundial hasta ser capaz de coordinar alianzas, encuentros y puntos en común en Europa e Hispanoamérica. De ahí la obsesión contra Disenso.
Ponderar a Abascal como se merece importa primero por justicia; quizá también —y lo sentimos cada uno en nuestra propia pequeñez— porque no todos somos lo mismo, pero sobre todo porque, llegado el momento, el crecimiento definitivo de Vox habrá de apuntalarse en el justo reconocimiento de la figura personal de Abascal. De Amurrio a Patriots hay más de dos décadas de vida política que en España no tiene nadie.
Huhges (La Gaceta)