«Mantengo la tesis —decía el otro día Sánchez en las Cortes, con esa petulancia tan suya— de que la derecha atraviesa una crisis de ideas». Ciertamente, la expresión es altamente cómica en una persona que sólo ha mantenido una tesis en su vida y resultó ser un plagio escrito, para más inri, por mano ajena. Pero quedémonos con lo mollar: esa crisis de ideas que estaría sufriendo la derecha.

En realidad la que está padeciendo una severa crisis de ideas, y desde hace muchos años, es la izquierda: el comunismo se ahogó en el mar de sangre del Gulag, la socialdemocracia quebró —literalmente— porque su edificio era insostenible y su reencarnación más reciente, que podríamos sintetizar en la «ideología de género» y las desconstrucciones complementarias, está resolviéndose en puro nihilismo para plena satisfacción del poder económico transnacional.

Y sin embargo, es verdad que la derecha tampoco atraviesa por mejores momentos, especialmente si miramos a lo que ha sido la derecha hegemónica en Occidente, que es la derecha liberal.

La izquierda entró en crisis porque sus realizaciones materiales se alejaban muchísimo de los ideales inicialmente propuestos, y al liberalismo le está ocurriendo lo mismo. Jules Monnerot llamaba a eso «heterotelia» y Max Weber «paradoja de las consecuencias»: las ideas proclamadas son unas, las consecuencias prácticas son otras, incluso resultan ser las contrarias.

Por ejemplo: el liberalismo es, esencialmente, una doctrina de la limitación del poder, y es verdad que al poder hay que limitarlo (eso es un clásico de la reflexión política europea desde los griegos), pero si a fuerza de limitar al poder público (al Estado, para entendernos) terminamos favoreciendo el nacimiento de poderes privados a los que no podemos limitar (pensemos en los gigantes de las finanzas o la industria médica, por ejemplo), entonces hemos hecho un pan con unas tortas.

Más ejemplos: el liberalismo, en lo económico, es una doctrina del librecambio sin barreras, y nadie discutirá que, a pesar de las ensoñaciones socialistas, la libre competencia es mucho más eficiente a la hora de crear riqueza y prosperidad. Pero hoy vemos que si derribamos todas las barreras —por ejemplo, nacionales—, llegamos a un punto en el que sólo sobreviven los más grandes, porque sólo ellos están en condiciones de competir por encima de las fronteras. 

La globalización ha confirmado la tendencia del capitalismo al oligopolio. Para los pequeños es imposible competir con las cadenas trasnacionales. Entonces la competencia deja de ser realmente libre y el «librecambio» se convierte en una mera coartada para que los grandes puedan seguir creciendo a costa de los demás. Otro pan con otras tortas.

Quizá donde más claramente se ve todo esto en otro de los conceptos básicos del liberalismo, que es la defensa de la libertad del individuo frente a cualquier coerción. Durante decenios, nuestras sociedades se han construido bajo el imperativo de la emancipación individual, del derecho del individuo a afirmarse sobre cualquier otra consideración.
El abortismo es el ejemplo más extremo: uno tiene derecho incluso a prescindir de otro individuo. Pero, al cabo, este «sistema de egoísmos» —la fórmula es de Schiller— termina forzando la creación de instrumentos de control que reemplacen a las viejas coerciones impuestas por la comunidad, la tradición moral, etc. Hoy vivimos en sociedades donde todo apela constantemente a la «realización» individual y, al mismo tiempo, los instrumentos de control —fiscal, administrativo, telemático, etc.— son más estrictos que nunca. Nuevamente, una plena paradoja de las consecuencias.

Lo interesante es que todas estas contradicciones son irresolubles. No se resuelven con «más liberalismo», del mismo modo que las deficiencias de los socialismos no se pueden resolver con «más socialismo». Es como si las grandes ideologías de la modernidad hubieran agotado su ciclo.

Entramos en otra fase donde, ciertamente, seguirá siendo posible defender la justicia social, la libertad personal, la limitación del poder, etc., pero ya no podrá hacerse desde los viejos esquemas. 

Y esto abre horizontes tan borrosos como fascinantes.

José Javier Esparza (La Gaceta)

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 18/11/2025

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