El ser humano siempre ha tenido una obsesión enfermiza con vivir más años. Desde la piedra filosofal hasta las cápsulas de colágeno con sabor a fresa, el objetivo ha sido el mismo, poder esquivar a la parca.
Ahora, el Nuevo Orden Mundial nos promete un horizonte brillante, llegar a los 150 años, pero no arrastrando la cadera como carrito de Mercadona, sino “sanos y plenos”.
Claro que, como todo en esta vida, la letra pequeña no la cuentan: ¿será para todos o solo para los ricos? Porque uno imagina a los millonarios brindando con champán bio en un resort de biomedicina en Shanghái, mientras el resto hacemos cola en el ambulatorio para que nos den cita… en 2040.
China ya ha olido el negocio y está invirtiendo miles de millones en biotecnología. No en mejorar la vida de sus trabajadores explotados, ojo, sino en crear la píldora mágica que permitirá a los futuros emperadores digitales soplar velas hasta que se aburran. ¡No quiero pensar en cierto monclovita en esta situación!
La pregunta del millón es: ¿merece la pena? Porque una cosa es llegar a los 150 años en forma olímpica, y otra es hacerlo acumulando achaques como cromos. Que al final, más que longevidad, puede parecer un concurso de resistencia, a ver quién aguanta más con la prótesis de rodilla, la pastilla del colesterol y el audífono inteligente de última generación.
El Nuevo Orden Mundial lo vende como la utopía definitiva, a más años, más consumo, más pensiones que nunca llegarán a pagarse. Porque, seamos realistas, no es lo mismo cumplir 150 en un ático de Manhattan que en un piso de 40 metros en Vallecas.
La verdadera inmortalidad, quizás, seguirá siendo la de siempre, vivir lo suficiente para que alguien te recuerde… y no solo como “ese señor gruñón que llegó a los 147 años y todavía se quejaba del precio de la barra de pan”.
Salva Cerezo