Dicen que la libertad de prensa es un pilar de la democracia. Lo que no te cuentan es que, en la práctica, ese pilar suele molestar más que una piedra en el zapato… especialmente cuando alguien decide mirar debajo de la alfombra y descubre que no era alfombra, sino un vertedero con moqueta.
Porque claro, entendemos que un paparazzi puede ser más pesado que matar un cerdo a besos. Ahí, agazapado detrás de un seto, esperando captar el “momento institucional” de algún prócer patrio saliendo de donde no debería salir. Pero gracias a esos seres casi mitológicos, mitad reportero, mitad sabueso, nos enteramos de que la política española no es una serie… es directamente un universo cinematográfico.
Y luego están los jueces. Esos señores y señoras con cara de haber leído demasiados sumarios y pocas novelas de autoayuda. Qué incómodos son, ¿verdad? Siempre con sus preguntas, sus autos, sus imputaciones… ¡qué manía con querer aclararlo todo! Con lo bien que viviríamos todos en la ignorancia feliz, viendo vídeos de bailes en TikTok mientras el BOE se convierte en una novela de ciencia ficción.
Menos mal que tenemos a la prensa, la de verdad, no la de palmeros con acreditación, y a unidades como la UCO, que actúan como ese vecino cotilla pero honrado que, cuando ve humo, en lugar de cerrar la ventana, llama a los bomberos.
Gracias a ellos sabemos, por ejemplo, que el dinero público tiene una capacidad mágica, y que desaparece con más rapidez que un político en rueda de prensa incómoda. Que hay contratos que aparecen como setas después de la lluvia. Y que la creatividad administrativa en España debería cotizar en bolsa… porque eso sí que no tiene límites.
Pero no seamos malpensados. No caigamos en la tentación de la paranoia colectiva. Aquí no pasa nada.
Porque si uno hace un pequeño ejercicio de memoria, sin ánimo de molestar, y repasa nombres, situaciones, episodios y casualidades concatenadas… podría pensar que hay cierto “ruido”. Pero no, hombre, no. Eso son interferencias. Cosas de la cobertura.
Al fin y al cabo, ¿qué son unos cuantos escándalos, decisiones discutibles, amistades peligrosas, errores de gestión, contradicciones políticas y giros de guion dignos de un thriller… comparados con la estabilidad institucional?
Nada. Absolutamente nada.
Porque en este país hemos perfeccionado un modelo revolucionario,
no se cuestiona el problema… se cuestiona al que lo cuenta.
¿Que un periodista investiga? Sospechoso.
¿Que un juez pregunta? Parcial.
¿Que alguien tira del hilo? Desestabilizador.
Y así, poco a poco, hemos llegado a una conclusión brillante,
la verdadera amenaza para la democracia no es la corrupción…
es que alguien la documente.
Por eso, en este maravilloso equilibrio nacional, la libertad de prensa y la independencia judicial son como esos invitados incómodos en una boda, en la que nadie los ha llamado, pero si no estuvieran, aquello acabaría en incendio.
Así que brindemos por ellos.
Por los que preguntan.
Por los que investigan.
Por los que incomodan.
gracias a ellos, al menos, sabemos que el traje del emperador… no solo está arrugado, sino que además alguien se lo está probando en el vestidor equivocado.
Salva Cerezo