Después del silencio,
lo único que se atreve a rozar
lo inexpresable es la música.
Porque hay dolores
que no encuentran
puerta en las palabras
y alegrías tan grandes
que se desbordan del idioma.
Entonces aparece una melodía,
sin pedir permiso
y entra como entra la marea:
lenta, inevitable, verdadera.
La música no grita,
no discute con la ausencia,
la entiende.
Se desliza entre
las grietas del pecho,
donde guardamos
lo que no supimos,
decir a tiempo,
y lo convierte en un sonido
que no pesa,
en una forma
de respirar sin romperse
.
Allí, frente al mar inmenso,
una sola cuerda
puede ser refugio,
un arco puede ser oración,
y una nota sostenida
puede iluminar
lo que parecía perdido.
Porque a veces
no necesitamos respuestas,
solo una presencia.
Algo que nos acompañe en la orilla
mientras el mundo se calla
y el corazón, por fin,
se atreve a hablar sin palabras.
Ricardo Miñana.