La política de hoy ya no estudia la historia… la manipula. La reduce a un cuento infantil de buenos y malos, juzga el pasado con valores actuales y borra convenientemente lo que no encaja. No importa entender, importa agitar.
El objetivo no es gobernar bien, sino convertir el voto en identidad. Ya no eliges a un gestor, eliges un bando. “Nosotros o ellos”. Y con eso basta para que la mala gestión, la corrupción o la incompetencia pasen a ser simples daños colaterales.
Para mantener al votante fiel, se le aísla, toda crítica es “propaganda”, toda información incómoda es “fake”. Así, deja de pensar… pero sigue votando. Y lo hace por miedo, no por convicción.
Porque ese es el verdadero motor, el miedo al otro. Un miedo tan eficaz que logra lo imposible, que alguien prefiera un mal líder propio antes que un buen gestor del bando contrario.
Y ahí está la obra maestra de la mediocridad, no necesitan hacerlo bien… solo necesitan que el otro parezca peor.
Y así avanzamos, con políticos que no han gestionado ni una comunidad de vecinos, pero son expertos en dividir países.
Porque gobernar es difícil.
Pero enfrentar a la gente… eso sí lo dominan.
Al final, el mayor triunfo de esta política no es ganar elecciones.
Es conseguir que el ciudadano prefiera, un mal líder propio… antes que un buen gestor ajeno.
Y ahí, querido lector, ya no hay democracia que valga.
Solo queda el eco… de nuestra propia trinchera. Por lo tanto debemos seguir siendo capaces de dilucidar nuestras propias conclusiones.
Necesitamos una sociedad que piense como un historiador y vote como un ciudadano exigente. Entonces, el mediocre ya no tendría público. Y sin público… se acaba la función.
SalvaCerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 12/04/2026

Etiquetado en: