Si hay algo que no somos los gallegos es tontos. Somos gente avispada que sabemos aprender las lecciones rápidamente para así no volver a cometer los mismos errores.

En 2015, tal vez por una ensoñación o simplemente porque muchos fueron demasiado confiados, la malvada “podemía”, con aquel canalla chepudo de melena sucia, que decía que no podía pronunciar el nombre de España, a la cabeza, entraron a raudales, ocultos tras la miserable careta de las “mareas”, en diferentes Ayuntamientos, incluso en los de tres de las más importantes ciudades gallegas -La Coruña, Santiago y Ferrol- donde llegaron a gobernar con el apoyo, claro está, de los sociatas que jamás han perdido la mínima oportunidad de destruirlo todo y hacer daño, sin importarles las consecuencias.

Con la llegada de aquella colección de sectarios fundamentalistas, todo comenzó a cambiar para mal. Las ciudades se paralizaron, la suciedad se hizo dueña de ellas, no se realizó obra alguna que mereciese tal nombre y las que estaban proyectadas se abandonaron. En resumen, cuatro años perdidos en los que no se hizo absolutamente nada por la manifiesta incapacidad de los gestores.

Ese mismo año, toda esta caterva metió la cabeza en el Parlamento nacional en unión de algunas de sus marcas blancas, convirtiéndose en una fuerza con una considerable representación, hasta el punto de convertirse en la tercera del panorama español.

Al año siguiente, 2016, también lograron meter la cabeza en el Parlamento gallego, con un total de 14 escaños. La ensoñación había llegado a su punto álgido ya que, a partir de ese momento, más dura resultó la caída.

La incompetencia, el sectarismo, la maldad perversa de esta tropilla de indocumentados, fue, poco a poco, alejándolos de las auténticas demandas del electorado que comenzó a despertar de su sueño y a darse perfecta cuenta de quienes eras estos pollos.

Así, en las elecciones, tanto municipales como generales, del 2019 comenzó su vertiginosa caída en picado que se agudizó mucho más en 2020 cuando los gallegos fuimos los primeros en desalojarlos del Parlamento regional donde, ni la “podemía” ni sus marcas blancas, lograron un solo representante. Habíamos aprendido la lección.

A partir de ese momento, se produjo la gran debacle. La perniciosa marea de chapapote negro y sucio tuvo que abandonar sus suntuosos locales que habían alquilado para mudarse a otros más modestos que, finalmente, en mayo pasado “volvieron para cerrar” definitivamente, al perder su representación en los Ayuntamientos como la habían perdido en el Parlamento gallego.

En esta cita electoral del 2024, quisieron regresar y lo hicieron ocultos tras esa careta malévola de “sumar”, con la “picotuda” ferrolana a la cabeza, aunque también la “podemía” quiso meter la cabeza, obteniendo ambas el mismo éxito, doblando los resultados de las anteriores elecciones ya que, en aquella oportunidad, fue NADA y en esta, NADA DE NADA.

Algo similar le sucedió a los sociatas que están empezando a pagar, como se merecen, lo que le están haciendo a España y a los españoles. De esta suerte, obtuvieron el peor resultado de su historia, lo que, a buen seguro, les debería hacer reflexionar sobre el hecho de seguir manteniendo al tal “Antonio” al frente del cotarro.

Tampoco le fue mucho mejor a la bloquera pese a su cambio de look, presentándose como una mujer conciliadora y moderna, un auténtico trampantojo tras el que se oculta ese afán perverso de privarnos de libertades, devolviéndonos al más feroz oscurantismo y, encima, recurriendo a ese mantra tan propio de los separatistas de pretender la autodeterminación, siguiendo las pautas conductuales de sus socios de caverna y amiguetes los delincuentes golpistas catalonios y los descendientes de los asesinos etarras.

Tal vez, el resultado obtenido, nada más y nada menos que quince actas por debajo de los populares, le haga recapacitar y darse cuenta, de una vez por todas, que los gallegos nos sentimos tan españoles como el que más y no nos van ese tipo de experimentos.

Sería conveniente que se hiciese un ejercicio de reflexión histórica para conocer la idiosincrasia de los gallegos. Que nadie olvide que fuimos los primeros en expulsar, a patadas, a los gabachos allá por 1809, en la misma medida que, en 1936, nos liberamos del marxismo asesino, siendo también los primeros en echar de las Instituciones a la “podemía” y sus huestes y, ahora, hemos sido, igualmente los primeros, en poner a los sociatas en su sitio.

Los gallegos somos gente amable, inteligente, acogedora, tal vez un poco morriñosa en ocasiones, pero buena gente y, encima, no somos tontos. Quizás en alguna oportunidad parezca que nos dejamos engañar, sin embargo, pronto nos damos cuenta de los errores y rectificamos la derrota para navegar por otros mares.

En resumen, que los gallegos hemos aprendido la lección.

Eugenio Fernández Barallobre (ÑTV España)