Dicen que la luz siempre revela la verdad… salvo cuando se apaga. Entonces, curiosamente, lo que aparece no es la claridad, sino una niebla espesa donde nadie ve nada, nadie sabe nada… y, sobre todo, nadie es responsable.
Se cumple un año del gran apagón. Ese momento casi místico en el que España entera redescubrió las velas, los transistores y la conversación cara a cara, como si hubiéramos viajado en el tiempo sin salir del salón. Un experimento sociológico involuntario que, eso sí, seguimos pagando religiosamente en la factura eléctrica. Porque aquí la oscuridad puede ser colectiva, pero el recibo siempre es individual.
Y lo mejor de todo, seguimos sin saber qué pasó. Un misterio digno de una novela de intriga… pero sin detective. O peor aún, con demasiados, todos mirando para otro lado. Porque en este país la energía se transforma, pero la responsabilidad se evapora.
Mientras tanto, la realidad nos regala escenas que harían sonrojar al mejor guionista de sátira. Ahí tenemos a Dolores Vázquez, convertida en símbolo tardío de una justicia que llega… cuando ya no sirve. Quinientos días en prisión por un error, una vida marcada para siempre, y veinticinco años después, una medalla. Ni indemnización, ni reparación real. Solo metal brillante y aplauso institucional.
Es la versión moderna del dicho de mi abuelo “¡cuánto te quiero perrico, pero pan, poquico!”. Mucho reconocimiento simbólico, pero cuando toca rascarse el bolsillo… se apagan las luces otra vez.
Y por si el guion no fuera lo suficientemente surrealista, aparece el episodio internacional: el embargo del Instituto Cervantes en Utrecht por parte del gobierno de Países Bajos. Motivo: una deuda de 100 millones relacionada con renovables. España, exportadora de lengua, cultura y ahora también… impagos con acento.
Es fascinante, el país que presume de liderar la transición energética no consigue pagar la factura.
Una metáfora perfecta. Apostamos por el futuro, pero olvidamos saldar el presente.
Así que aquí estamos. Con apagones que no tienen culpables, errores judiciales que se compensan con medallas, y embargos internacionales que nadie explica demasiado. Todo envuelto en ese arte tan nuestro de la “luz de gas”: hacerte dudar de lo evidente mientras te aseguran que todo está bajo control.
Y quizá lo más inquietante no es que ocurran estas cosas. Es que ya no sorprenden. Que nos hemos acostumbrado a vivir en este claroscuro donde la verdad parpadea… y la factura siempre llega puntual.
Porque al final, en este país, la luz puede fallar… pero el sistema nunca se queda a oscuras.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 29/04/2026

Etiquetado en:

,