En pleno tercer día de encierros de San Fermín, con los mozos corriendo por las calles y los jóvenes de medio país corriendo para pagar alquileres de zulo a precio de Versalles, nuestro presidente decidió que era el momento de dejar su huella en el Congreso. Y vaya si la dejó, 50 minutos de puro arte performativo, donde habló de corrupción como quien habla de física cuántica… con mucho entusiasmo pero sin la menor intención de aplicarla.
De gobernar no tiene ni idea, pero de corrupción… ¡ahí sí que es cum laude! Hasta la UE se ha molestado en recordarle que a ver si hace algo con tanto caso que florece como amapolas en primavera. Pero no, él va a lo suyo con catorce normas anticorrupción que ya existen (y que nadie cumple) y una décimo quinta que es la joya de la corona… una inteligencia artificial para vigilar la corrupción.
Sí, has leído bien, una IA. Como si ChatGPT fuera a levantar alfombras y a sacar sobres B de los cajones ministeriales. Quizá la IA también pueda detectar la colección de asesores y enchufados que pululan por Moncloa o el misterioso arte de adjudicar contratos a dedo. Pero tranquilos, seguro que la programan para que solo encuentre corrupción… en la oposición.
Mientras tanto, sus socios de investidura ya no saben si aplaudirle o pedirle un pin de resistencia.
Todos menos los de Sumar, claro, que no están dispuestos a perder la poltrona ni aunque les pongan a vigilar un perro-robot en la puerta del Congreso.
En definitiva: un discurso vacío, un envoltorio brillante sin contenido, y un país que sigue esperando medidas reales mientras en Pamplona los toros al menos corren en línea recta… no como la ética gubernamental, que siempre toma el camino más tortuoso.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 10/07/2025

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