Nos venden el acuerdo con Mercosur como un triunfo del “libre comercio”, esa expresión tan elegante que suele esconder siempre a los mismos beneficiarios y a los mismos damnificados. Libre comercio, sí… pero solo para quienes ya juegan con ventaja, despachos climatizados y balances trimestrales que no huelen ni a estiércol ni a tierra mojada.
Porque si rascamos un poco el barniz institucional, lo que aparece no es precisamente una oda a la soberanía alimentaria ni a la protección del agricultor europeo. Lo que aparece es una alfombra roja para grandes intereses globales, mientras el campo, ese incómodo recordatorio de que comemos todos los días, es enviado al matadero político.
¿Quién gana realmente?
No es difícil adivinarlo.
Las grandes multinacionales agroindustriales, las farmacéuticas veterinarias, las empresas tecnológicas que controlan semillas patentadas, trazabilidad digital y macroexplotaciones, y los fondos de inversión que ven en la alimentación un negocio tan rentable como impersonal.
Ellos no cultivan tomates, cotizan tomates.
No crían ganado, optimizan proteínas.
No hablan de sabor, hablan de rendimiento.
Mientras tanto, el agricultor y el ganadero europeo, por falta de la normativa espejo, compiten con productos que no juegan bajo las mismas reglas, con menos controles, estándares medioambientales más laxos, uso de hormonas para el engorde y fitosanitarios prohibidos aquí… pero mágicamente aceptables cuando cruzan el océano.
El futuro que nos espera, es agua a precio de carne.
Así entramos en una paradoja perversa, verduras bonitas, brillantes, insípidas. Frutas que viajan más que tú y yo juntos, pero que no saben a nada. Carne barata, sí, pero hormonada, inflada y sin alma.
Compraremos kilos de agua encapsulada en fibras sin nutrientes, pagando precio de filete por productos que ya no alimentan, solo llenan. Comeremos volumen, no calidad. Cantidad, no salud.
Y cuando enfermemos, porque enfermaremos, ahí estarán las farmacéuticas, esas mismas que nunca pierden en este tipo de acuerdos. El círculo se cierra con precisión quirúrgica.
El daño invisible, incendios y abandono
Pero hay una consecuencia aún más silenciosa y peligrosa como es la desaparición del ganado extensivo.
Menos pastores, menos animales, menos desbroce natural. El monte se abandona, se llena de combustible vegetal y, cuando llega el verano, arde. Luego vendrán las lágrimas, los discursos y las fotos institucionales delante de un paisaje negro. Eso sí, nadie relacionará el incendio con la desaparición del mundo rural. Eso no cotiza.
Y mientras tanto, la izquierda se devora a sí misma
En este contexto, Izquierda Unida decide sentenciar a Sumar y dar por amortizada a Yolanda Díaz.
Fin de ciclo. Se apagan los focos, se cierran los despachos.
Adiós al piso de 450 m² en Madrid.
Adiós al sueldo de 100.000 euros.
Adiós a las promesas que nunca llegaron al campo, ni al mercado, ni a la ganadería.
Una izquierda que hablaba de proteger a los débiles, pero que nunca pisó el barro. Que defendía al trabajador, pero olvidó al agricultor. Que proclamaba sostenibilidad mientras firmaba acuerdos que destruyen justo aquello que dicen proteger.
Mercosur no es un acuerdo comercial, es un trasvase de beneficios desde el campo hacia las élites económicas. Un pacto donde el agricultor europeo paga el precio, el consumidor pierde calidad y el medio ambiente hace de daño colateral.
Y como siempre, nos dirán que es progreso.
Pero algunos ya sabemos reconocerlo, porque cuando el negocio engorda y la tierra muere, no es progreso… es saqueo.
Salva Cerezo