España es un país extraordinario. Tan extraordinario que somos capaces de pasar de una tanda de penaltis a una tanda de autos judiciales sin despeinarnos.
El lunes discutíamos si la selección había conquistado Francia; el martes descubríamos que, en realidad, llevamos años conquistando algo mucho más complejo: la capacidad de normalizar lo inverosímil.
Mientras medio país seguía cantando aquello de «Yo soy español, español, español», el otro medio se enteraba de la condena de David Sánchez, músico, compositor y, por una de esas sorprendentes coincidencias genéticas que tanto abundan en política, hermano del presidente del Gobierno.
Siempre me ha fascinado el nepotismo moderno. El antiguo era vulgar y poco sofisticado: el rey colocaba a sus sobrinos, el conde a sus primos y el alcalde a su cuñado en el matadero municipal. El nepotismo ilustrado del siglo XXI, en cambio, es una obra de arte. Ya no se coloca a la familia; se la selecciona mediante un exigente proceso administrativo cuya principal cualidad es que el candidato ideal suele compartir apellido con quien firma el BOE.
Los defensores del régimen argumentarán que David Sánchez no es culpable de ser hermano de Pedro Sánchez. Y llevan razón. Del mismo modo, tampoco uno es culpable de parecerse a una foto del DNI. El problema es cuando las casualidades se acumulan tanto que empiezan a cotizar en bolsa.
Lo verdaderamente enternecedor ha sido contemplar la reacción del coro oficial. Mientras el presidente encontraba tiempo para pedir disculpas diplomáticas a los franceses por un comentario de Mariano Rajoy, que debe ser el único expresidente capaz de generar incidentes internacionales una década después, sus diligentes palmeros acudían a los platós para explicarnos que el problema no era la sentencia, sino los jueces.
En España hemos evolucionado mucho. Antes, cuando un juez condenaba a alguien, se decía que la Justicia había actuado. Ahora, si el condenado pertenece al entorno adecuado, el juez pasa automáticamente a formar parte de una conspiración internacional que incluye a la extrema derecha, tres tertulianos, un funcionario resentido y, posiblemente, el fantasma de Torquemada.
Eso sí, hay que reconocer la admirable capacidad selectiva de nuestra Fiscalía. Según parece, alguien olvidó solicitar la devolución del dinero presuntamente cobrado de forma indebida. Un pequeño descuido. A cualquiera le puede pasar.
Hay quien olvida las llaves, quien deja el móvil en un restaurante y quien, en un procedimiento judicial, se olvida de pedir varios años de sueldo. Son cosas del directo.
Y mientras España debatía sobre apellidos, Gibraltar nos regalaba otra de esas ironías históricas que tanto le gustaban a Berlanga. La verja del Brexit ha caído. Quién nos iba a decir que, después de tres siglos de disputas, el Peñón acabaría descubriendo que la geografía es más tozuda que la política.
Durante décadas, Gibraltar fue para muchos una mezcla entre Camelot y un catálogo libre de impuestos: tabaco, alcohol, gasolina y sociedades con más misterio que una novela de Agatha Christie. Hoy, la historia nos recuerda que ningún paraíso es eterno, especialmente cuando depende de la letra pequeña de un tratado.
Quizá Gabriel García Márquez tenía razón cuando escribió: «La sabiduría nos llega cuando ya no sirve para nada.» Tal vez descubramos demasiado tarde que un país no se construye sobre consignas, ni sobre apellidos ilustres, ni sobre verjas levantadas o derribadas, sino sobre algo mucho más revolucionario: la igualdad ante la ley.
Entretanto, seguiremos celebrando goles y comentando sentencias entre café y café. Porque si algo ha demostrado España a lo largo de su historia es que siempre encuentra la manera de convertir la tragedia en sainete y el sainete en costumbre.
Y eso, queridos lectores, sí que no hay fiscal que lo reclame.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 16/07/2026

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