Hubo un tiempo, no tan lejano, en que gritar “NO A LA GUERRA” servía para llenar plazas, pancartas y, de paso, algunas urnas. Corría el año 2003, y aquel lema se convirtió en una especie de mantra político capaz de movilizar multitudes. Un eslogan sencillo, emocional y perfectamente empaquetado para una sociedad que, en aquel momento, recibía la información a cucharadas y con pocas posibilidades de contrastarla.
Hoy, sin embargo, el panorama es bastante distinto.
Primero, porque la información corre más rápido que las consignas. Segundo, porque las hemerotecas tienen muy mala memoria… pero Internet tiene una excelente. Y tercero, porque cuando uno repite el “No a la guerra” mientras el país vende armamento a medio planeta, el eslogan empieza a sonar como esos anuncios de comida “light” con tres kilos de azúcar.
El problema no es el lema. El problema es la coherencia.
Porque claro, resulta que España vende armamento incluso a países que luego aparecen en los telediarios como potenciales protagonistas de conflictos. Así que el mensaje acaba siendo algo así como:
“No a la guerra… pero si necesitan munición, pasen por caja.”
Una versión bastante más sincera del pacifismo moderno.
Mientras tanto, la política nacional parece una partida de ajedrez jugada con fichas prestadas, sin presupuestos, sin mayoría parlamentaria y con varios escándalos internos que empiezan a oler más fuerte que un pescado olvidado en agosto.
Y en medio de todo eso, reaparece el viejo lema.
Quizá porque en política los eslóganes funcionan como los villancicos, cada cierto tiempo alguien cree que es buena idea volver a cantarlos, aunque el público ya se los sepa de memoria.
Claro que la sociedad de 2026 no es la de 2003. Hoy cualquiera puede comprobar en cinco minutos qué contratos de defensa existen, qué acuerdos internacionales se firman y qué barcos navegan por el Mediterráneo.
Por ejemplo, y aquí llega la pregunta que algunos empiezan a hacerse:
¿Qué hace una fragata española rumbo a Chipre?
Porque una cosa es cantar “No a la guerra” desde un atril…
y otra bastante distinta navegar hacia ella con un barco de guerra.
Pero no seamos malpensados.
Seguro que la fragata va a repartir folletos pacifistas.
O quizá camisetas con el lema.
Quién sabe.
En política, como en la vida, a veces ocurre lo que dice el viejo refrán:
“Una cosa es predicar y otra bien distinta es dar trigo.”
Salva Cerezo