Ir en busca de un Premio literario es una tentación que muchos escritores tienen cuando comienzan y quieren convertir su realidad en ficción, el anonimato en aplausos, la esperanza en ilusión y, a lomos de esa utopía, sueñan con entrar en el Olimpo delos dioses de papel.
Lo entiendo perfectamente porque en el año 2003 me presenté con mi primera Novela (La muerte de un Señor de Quinta”. Ediciones libertarias) al Premio Fernando Lara y, para mi sorpresa mi relato fue seleccionado junto a otros nueve finalistas del Concurso literario entre los que estaba Zoe Valdés con su novela «Lobas de Mar», que fue la ganadora.
Esa noche aprendí que en los concursos importantes hay un ganador preseleccionado y otros nueve novelistas que van de comparsa, sin que ello signifiqué restarle méritos a nadie, y hay una segunda conclusión: son un negocio editorial para quien los convoca y el jurado elige al candidato más famoso y popular.
Dicho esto el Grupo Planeta editorial ha convertido la noche del 15 octubre en una apuesta empresarial, más que literaria, y en los últimos tres años ha premiado a Sonsoles Onega y a Juan del Val presentadores de Antena Televisión. Los críticos literarios tendrán su opinión, pero las formas y sus resultados tienen un aroma extraño.
Tienen mayor credibilidad la obra de escritores que han publicado unos cuantos libros más que solo cuatro, que nunca se han presentado a un concurso sobre el que deciden diez personas y que venden millones de libros traducidos a diversos idiomas en todo el mundo.
Arturo Pérez Reverte, que yo sepa, nunca se ha presentado a un concurso literario, tiene una produccion literaria muy importante, ha vendido millones de libros y cuando va a Antena 3 tiene un discurso independiente y no necesita que le promocionen su obra literaria ni que le den premios bajo sospecha.
Circula por el mundo de los creativos del lenguaje la expresion » cada uno se la machaca como puede» y de esa metáfora puedo concluir que el primer placer del escritor está en soñar lo que escribe y mirarse al espejo en soledad para decirse, sin posibilidad de engaño, ¡ole tus razones!
Diego Armario