En el noble arte de pisar callos, nuestro presidente ha demostrado ser un auténtico virtuoso. No con botas militares, que eso es demasiado evidente y agresivo. No, no. Él prefiere hacerlo con elegancia, con tacones de charol diplomático, mientras miente, sonríe a cámara y reparte condecoraciones como si fueran caramelos en la Cabalgata de Reyes, eso sí, con preferencia a los camellos amigos del régimen.
En el escenario internacional, ha vuelto a hacer de las suyas, en lugar de respetar el compromiso con la OTAN del 5% en gasto de defensa, se saca de la manga una interpretación creativa que ni los juristas de Aterriza como puedas hubieran podido idear: «el texto no dice que todos los miembros estén obligados», repite con tono doctoral mientras algún general se atraganta con su desayuno.
Lógica de patio de colegio, porque si no lo pone con mi nombre y DNI, yo no juego. Una postura tan firme como irresponsable, que ha provocado la ira de ese señor con tupé naranja, también conocido como Donald Trump, que ya ha sacado la artillería comercial, aplicar aranceles a España. ¿Resultado? El país pagando más por exportar que por cumplir su compromiso. Un “éxito” más para la colección.
Y por si fuera poco, como si el nivel de bochorno diplomático no fuera suficiente, en la cumbre internacional nuestro presidente decide tomarse la foto de familia como si fuera el primo marginado en la boda, apartado, solo y con cara de “no quiero jugar con ellos”. Lejos queda aquel memorable momento en que, con una sonrisa de fan adolescente, se le pegó a Biden cual koala en celo institucional. Qué tiempos aquellos, cuando todavía se esforzaba por parecer querido en el mundo.
Mientras tanto, en la tierra del jamón y la resignación ciudadana, sigue el reparto de privilegios a la carta. Los independentistas, esos socios ocasionales de conveniencia, siguen recibiendo prebendas como si fueran clientes VIP del Estado, mientras el resto de la población, incluidos aquellos que aún creen en una idea común de país, asiste con estupor a cómo se reparten sus impuestos como si fueran tapitas en una barra libre soberanista.
Y por supuesto, como traca final del esperpento, va y concede la Cruz al Mérito Policial a José Luis Rodríguez Zapatero, ese hombre que aparece más en las sombras de ciertas tramas energéticas que en los titulares de logros nacionales. ¿Premio por los servicios prestados? ¿O un blindaje simbólico antes de que caiga el telón judicial? La población no sabe si reír, llorar o irse a hacer yoga fiscal al exilio.
¿Estamos ante una maquiavélica venganza hereditaria al próximo gobierno, sabiendo que los días en Moncloa están contados? ¿O simplemente frente a la más supina ineficiencia elevada a arte contemporáneo? Sea cual sea la respuesta, el daño está hecho, la foto ya se ha viralizado, y los callos, ay, los callos… están morados.
Pero no pasa nada. Siempre quedará un nuevo titular, una medalla más, o un discurso en el que hablar de resiliencia y progreso, mientras el país, como siempre, paga la factura de la fantasía.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 26/06/2025

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