Mientras el personal se enzarza en sesudos debates sobre el mensaje de Nochebuena del Rey Felipe VI, analizado palabra por palabra como si fuera un jeroglífico egipcio, o sobre el ya clásico “Felices Fiestas” de Sánchez, que divide a España con más eficacia que el VAR en un derbi de fútbol, conviene bajar el tono intelectual y hablar de algo verdaderamente trascendental: el polvorón.
Porque, a pesar de lo que puedan pensar los calenturientos de mente rápida y vocabulario fácil, el polvorón no es un concepto pecaminoso, sino un dulce. Un arma blanca de destrucción masiva para gargantas desprevenidas. Junto a turrones y mazapanes, reina en las mesas navideñas y luego se exilia, olvidado, en la despensa, donde sobrevive heroicamente hasta Semana Santa… o hasta que alguien, en un arrebato de hambre y culpa, decide acabar con él a solas.
Su origen, como toda cosa seria en este país, es conventual. Estepa, ese rincón sevillano donde el azúcar es religión y la manteca dogma, vio nacer al polvorón entre rezos, hornos y monjas con más visión comercial que muchos consejos de administración actuales. Ya en el siglo XVI, mientras otros discutían dogmas, las clarisas amasaban futuro. No solo recetas, sino demanda, contratos y envíos a Sevilla y Madrid. Emprendedoras antes de que la palabra se pusiera de moda… y sin subvenciones.
El polvorón, además, no se come, se enfrenta. Se desmorona como ciertos discursos políticos y te deja la boca seca, incapaz de articular palabra, justo cuando alguien te pregunta si te gusta más duro o blando. Es el único dulce que te obliga a beber antes, durante y después. Un reto físico, casi espiritual.
Y cómo olvidar aquella travesura juvenil, iniciática, casi un rito de paso generacional: darle un polvorón a un amigo y pedirle que diga “Pamplona” mientras lo mastica. No era una broma, era un experimento sociológico. El resultado siempre era el mismo, un silencio, tos, carcajadas ajenas y dignidad perdida. España resumida en cinco segundos.
Así que dejemos por un momento los discursos, las banderas y las felicitaciones con asterisco, y rindamos homenaje a este dulce humilde, traicionero y eterno. Porque podrá cambiar el Gobierno, el lenguaje y hasta la Navidad, pero mientras exista un polvorón esperando en una despensa…
España seguirá siendo reconocible.
Salva Cerezo

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Humanidad,

Última Actualización: 26/12/2025

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