Dicen que la historia no se repite, pero rima. Y en España, últimamente, la rima empieza a sonar peligrosamente medieval. Solo falta que vuelvan los castillos con foso, el puente levadizo y un pregonero anunciando los decretos del señor del feudo desde la plaza del pueblo.
La diferencia es que ahora el castillo es el Parlamento, el foso lo pagan los contribuyentes y el pregonero se llama rueda de prensa.
Estamos asistiendo, con una mezcla de estupor y resignación, al nacimiento de un nuevo feudalismo político. Un sistema donde la competencia, la experiencia y el mérito han sido sustituidos por tres virtudes fundamentales para prosperar en la corte moderna, obedecer, aplaudir y no pensar demasiado.
Porque hoy en día, para llegar a ciertos cargos públicos, no hace falta haber gestionado nada, ni haber trabajado fuera de la política, ni siquiera haber demostrado una mínima capacidad profesional. Basta con dominar el arte milenario de hacer palmas al señor del castillo con entusiasmo y en el momento oportuno.
Antiguamente los señores feudales heredaban el poder por sangre. Hoy se hereda por lealtad al aparato. No es muy distinto, solo que ahora el vasallaje se practica con traje, coche oficial y perfil en redes sociales, incluso dotes de bufón.
Uno se pregunta, con cierta melancolía democrática, si no sería razonable exigir algo tan revolucionario como que quien aspire a gobernar haya trabajado antes en algo que no sea gobernar.
Una idea extravagante, lo sé, por ejemplo, cinco años cotizando en la Seguridad Social, enfrentándose al mercado laboral, madrugando y pagando impuestos como cualquier ciudadano.
Pero claro, eso podría generar un problema, algunos descubrirían que la vida fuera de la política exige resultados.
Y eso es peligroso.
Imaginemos por un momento la escena, un parlamento lleno de personas que han tenido que levantar una empresa, gestionar un equipo, trabajar en un hospital, en un taller, en una obra o en un aula. Sería casi revolucionario.
Porque ahora mismo, en demasiadas ocasiones, la sensación que tiene el ciudadano es la misma que si viera a un mono montado en un caballo intentando dirigir una carga de caballería. Mucho movimiento, mucho ruido… pero nadie sabe muy bien hacia dónde se dirige el caballo.
Mientras tanto, al pueblo se le entretiene con el nuevo opio moderno, el supuesto estado del bienestar eterno, ese relato tranquilizador que nos invita a no preocuparnos demasiado mientras los engranajes del poder se reorganizan en torno a una nueva aristocracia política.
Una aristocracia sin linaje, pero con privilegios.
Por fortuna, todavía quedan algunas murallas en pie. Jueces que se resisten a obedecer al castillo y periodistas que aún creen que su oficio consiste en incomodar al poder y no en protegerlo.
No es fácil. El feudalismo moderno ya no necesita ejércitos para intimidar; le basta con campañas de desprestigio, presiones institucionales y un buen ejército de tertulianos disciplinados.
Pero ahí siguen, defendiendo lo poco que queda de una democracia que, aunque debilitada, aún respira.
Porque la historia también enseña otra cosa, ningún feudo dura para siempre.
Y cuando los señores del castillo se convencen de que el pueblo está dormido, suele ser precisamente cuando empieza a despertarse.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 08/03/2026

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