Dicen que quien se fue a Sevilla, perdió su silla. Un principio casi universal… salvo cuando hablamos de política de alto standing, donde las leyes físicas, éticas y hasta las de la gravedad institucional funcionan de otra manera.
Porque claro, uno puede aspirar a presidir la Junta de Andalucía, recorrer ferias, prometer futuros luminosos y repartir sonrisas como si fueran subvenciones… sin necesidad de renunciar a su cómodo escaño en el Congreso. ¿Para qué arriesgarse? Eso es de amateurs. Aquí se juega en otra liga: la de la seguridad blindada con dinero público.
La autoproclamada mega vicepresidenta, título no oficial pero intensamente sentido, ha decidido ofrecer su candidatura como quien lanza una oferta de temporada: “llévense una presidencia autonómica… y de regalo, me quedo con mi sillita en Madrid, por si acaso”. Porque si algo ha demostrado la progresía patria es su capacidad para predicar contra la casta… mientras perfecciona sus costumbres.
Eso sí, la campaña de Chus viene con un currículum difícil de vender incluso con mucho marketing institucional, una presión fiscal que haría sonrojar al mismísimo recaudador del medievo, servicios públicos que parecen jugar al escondite con el ciudadano, y una habilidad casi mágica para que el dinero fluya… pero siempre hacia los mismos destinos privilegiados.
Y luego está el pequeño detalle de los presupuestos. Tres años sin presentar unos nuevos. Tres. Una hazaña administrativa que debería estudiarse en las facultades, cómo gobernar sin plan, improvisar sin rubor y dejar el marrón bien envuelto para el siguiente. Eso sí que es sostenibilidad… pero de la irresponsabilidad.
En Andalucía, mientras tanto, la memoria juega malas pasadas a la reina de m’opongo. Algunos aún recuerdan gestiones pasadas, decisiones polémicas y aquel aroma persistente de escándalos que nunca terminan de evaporarse. Pero no pasa nada, porque en política la memoria es selectiva… y el relato, infinito.
Y mientras en las alturas se reparten sillones con una soltura envidiable, abajo, en la vida real, hay quienes no pueden ni cambiar de silla. Parejas obligadas a convivir no por amor, sino por hipoteca. Hogares convertidos en trincheras domésticas donde la única estabilidad es la imposibilidad de escapar.
Pero tranquilos, que todo tiene explicación.
No es magia.
Son tus impuestos.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 26/03/2026

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