El accidente ferroviario de Renfe en Adamuz no ha descarrilado solo un tren, ha vuelto a poner fuera de la vía una forma de gobernar donde la gestión real se sustituye por el relato digital. Y, como era previsible, el ruido posterior ha sido ensordecedor. Peticiones de dimisión, tuits incendiarios, declaraciones cruzadas… todo menos lo esencial, asumir responsabilidades y explicar por qué ocurrió lo que llevaba años anunciándose.
Porque Adamuz no es un rayo caído en cielo azul. Es una zona sobre la que ya existían denuncias reiteradas por inestabilidad. Avisos técnicos, advertencias incómodas, informes que seguramente dormían el sueño de los justos en algún cajón ministerial. Pero ya se sabe, el papel aguanta todo y las vías, al parecer, también… hasta que no.
El ministro Óscar Puente, incansable tuitero, polemista vocacional y gestor a tiempo parcial, ha demostrado una habilidad extraordinaria para estar en todas partes excepto donde debe. En redes sociales, omnipresente; en planificación, mantenimiento y prevención, sorprendentemente ausente. Gobernar a golpe de tuit puede dar titulares rápidos, pero no frena trenes, no refuerza infraestructuras ni evita accidentes.
Este es el verdadero problema de fondo, como es poner a políticos de carrera en organismos que requieren profesionales de verdad. Ingenieros, técnicos, expertos que sepan leer el terreno, anticipar riesgos y priorizar inversiones. No comunicadores compulsivos ni estrategas del enfrentamiento digital. Un ministerio de Transportes no es una tertulia ni un ring de X (antes Twitter).
Mientras tanto, el despilfarro sigue su curso, millones en propaganda, campañas, estructuras duplicadas y proyectos ideológicos, mientras el mantenimiento básico, ese que no luce en una foto, se va aplazando. Y así acabamos comprando trenes de alta velocidad para inaugurar, pero viajando sobre infraestructuras que piden auxilio desde hace años.
Adamuz es, una vez más, el síntoma, no la enfermedad. La enfermedad es un modelo político donde la apariencia importa más que la competencia, donde se invierte en lo que da rédito inmediato y se ignora lo que evita tragedias futuras. Y cuando algo falla, la culpa siempre es del pasado, del clima o de una “circunstancia sobrevenida”.
Quizá haya llegado el momento de recordar algo elemental,
los trenes no necesitan ministros ingeniosos en redes, sino gestores serios en despachos técnicos.
Porque la ironía puede hacer reír, pero la realidad, cuando descarrila, no tiene ninguna gracia. Mi solidaridad con todas las víctimas de un sistema al que, a pesar de mi edad y lo ya vivido, no me acostumbro.
Salva Cerezo