En la larga nómina de asesores con los que cuenta Pedro Sánchez en La Moncloa tendrían que aparecer médicos forenses, porque el mandato del presidente del Gobierno ya no necesita más análisis de estrategia, sino una autopsia en todo regla. Toda estrategia política requiere un plan realista para ser aplicada, pero Sánchez dirige un Ejecutivo sin mayoría en el Parlamento, chantajeado por sus socios y amenazado por algunos de los que eran suyos.
Ni plan, ni estrategia ni futuro. El estado actual del Gobierno de coalición es el vacío político, disfrazado por la rutinaria imagen de Sánchez y sus ministros actuando ante las cámaras como si fueran presidente y miembros de un gabinete ministerial con actividad y objetivos, pero su presencia pública es una pura dramatización de un guion en blanco.
En menos de 24 horas se han concentrado, en estado puro, todos los factores que dejan al Gobierno de Sánchez sin más sentido que el de la ocupación del poder, viciado además, de forma sobrevenida, por la ilegitimidad propia de un Ejecutivo que decide vivir a espaldas del Parlamento y contra el poder judicial mientras siembra de confrontación la vida social.
Dejando a un lado la extravagancia de una vicepresidenta segunda que hace oposición al Gobierno al que pertenece y de unos socios que funcionan como extorsionadores, Sánchez se topó este miércoles con el primer aviso serio de José Luis Ábalos, quien se enfrenta a la posibilidad de ingresar en prisión provisional por el caso de las mascarillas que lo sentará en unos meses en el banquillo de los acusados.
El exsecretario de Organización del PSOE ratificó la información de Koldo García de que Sánchez mantuvo en 2018 una reunión personal con el líder batasuno Arnaldo Otegi, previa a la moción de censura a Mariano Rajoy y con la finalidad de sumar los votos de Bildu a la candidatura del socialista.
Sánchez y Otegi niegan esa cita, pero su palabra merece el crédito acumulado por sus respectivas biografías. Sea o no cierto –aunque no se aprecia el beneficio de este tipo de mentira para dos procesados–, Ábalos rompe el equilibrio entre sus silencios acerca de Sánchez y las necesidades de su defensa procesal; y lo que tiene por delante puede hacer recordar a Sánchez todo lo que debe a Ábalos, a Cerdán e incluso a Koldo García.
Suman y siguen el PSOE y su secretario general con el caso Leire Díez, porque el juez de instrucción que investiga los cohechos que esta enviada del partido propuso a policías y fiscales ha llamado como testigos a Santos Cerdán y Antonio Hernando.
De nuevo, el núcleo duro y más cercano a Sánchez tiene que ir al juzgado a dar explicaciones de trapos sucios y tramas de cloaca. Otro ex secretario general –Cerdán– elegido directamente por Sánchez está salpicado por andanzas delictivas de quien se presentaba como su mano derecha, y a él se une un secretario de Estado –Antonio Hernando– cuyo anterior destino fue el gabinete de Sánchez en La Moncloa.
Ya es casualidad que todos los caminos judiciales lleven al presidente del Gobierno.
ABC